La balanza
Corazón y cerebro, emociones y razón, mundos opuestos pero esenciales en nuestra vida, inseparables.
El mayor de los desafíos de nuestra vida no es el éxito laboral, no es nuestro ascenso en la escala social es el equilibrio.
Este –equilibrio– depende única y exclusivamente de nosotros mismos, nadie puede ayudarnos en esto.
Reconocer, asumir y graduar nuestros sentimientos evitando que estos nos dominen y tomen el control de nuestras acciones es un buen camino hacia el equilibrio.
No se trata de olvidar o apartar nuestras emociones ni de reprimirlas, tenemos que convivir con ellas de manera saludable.
Entender que las emociones negativas son parte de nuestra vida es un paso de gigante en la búsqueda de nuestro equilibrio.
Alcanzar el equilibrio emocional es un desafío en nuestro mundo moderno lleno de presiones constantes pero es esencial para nuestro bienestar general.
La clave es la consecución de armonizar emociones y razón.
En el ámbito de las relaciones, el equilibrio emocional se traduce en nuestra capacidad de gestionar emociones respetando tanto las propias necesidades como las del otro.
El equilibrio emocional, desde la perspectiva del amor, nos lleva a entregar este amor de manera genuina, sin exigencias, sin imponer condiciones, aceptar las imperfecciones –propias y ajenas– respetando y respetándonos.
Nos permite mantener nuestra identidad y al mismo tiempo construir un vínculo sólido.
Es así como el amor transita de la ansiedad a un lugar compartido y de mutuo crecimiento.
Un lugar de gratitud y serenidad, confianza recíproca y que trasciende a los desafíos propios de las situaciones particulares.
Un amor sereno, equilibrado y compartido es la mejor receta, es el mejor camino que se puede tomar hacia una vida emocionalmente equilibrada.
Amar nuestra vida, a alguien, a nosotros mismos, da igual cual sea el objeto de nuestro amor.