Otro día

Apenas clareaba el día y en la penumbra de la habitación sonaba “Calling you” de Jevetta Steele, una magnífica forma de comenzar una nueva jornada.

Los cinco siguientes minutos –al ritmo pausado de aquella música– se evidenciaban insuficientes para dar el salto definitivo y abandonar la calidez de su lecho.

Antes de eso, repasó su teléfono, envió ya algún mensaje –de esos que gusta enviar– y volvió a cerrar los ojos para aprovechar esos cinco minutos de duerme vela que saben a mucho.

Irremediablemente le llegó el momento de echar pie a tierra y dirigirse hacia la cocina en donde le esperaba ese momento iniciático del café matutino.

Al calor de aquella taza de café, había sustituido las melodías del despertar por las locuras que comenzaban a contarse ya en la radio.

Ya con los ojos abiertos consiguió atinar con la puerta del baño y bajo aquella cálida lluvia revivió definitivamente.

Ya en ese momento le ocurrió lo que a todos nosotros, que sin saber porqué se había hecho tarde.

El resto -hasta salir de casa– se hace en piloto automático.

Todos los días intentaba aparcar su coche relativamente lejos para darse un paseo por la orilla del mar hasta la puerta de su trabajo.

Ese era “su momento” todas las mañanas, disfrutando del sol que asoma, la brisa marina y la soledad de ese pequeño paseo.

Acompañado por la música se hilvanaban sus pensamientos, sus deseos y de repente, la puerta de la oficina,… la realidad.

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