Sentirnos vivos
En lo más profundo de nuestro ser arde un fuego incontrolable, una fuerza que nos mueve, nos consume y nos transforma, una energía intensa que nos espolea para que nos entreguemos sin reservas a otra persona.
Barranco de los enamorados
La pasión del amor.
Las miradas, las caricias, cada palabra componen un universo de emociones cuando amamos con pasión.
La necesidad de la cercanía, la urgencia de compartir momentos, el deseo de la piel, su aroma, su voz, es así como se hace visible la pasión.
Ese escalofrío eléctrico que recorre tu cuerpo por un breve roce, esa emoción que roba nuestro aliento con un simple beso.
Es la pasión la que empuja a dos personas a buscarse sin importar la distancia, el tiempo o los obstáculos.
Como fuego incontrolable que es, la pasión puede convertirse en un fuego que lo arrase todo.
La intensidad desmedida, la obsesión pueden convertir la pasión en sufrimiento.
El amor verdadero no es solamente pasión, necesita una dosis de equilibrio para no perderse en el otro, para construir una profunda y valiosa conexión.
No se trata únicamente del deseo físico, sino de la conexión emocional y espiritual que reúne dos almas.
El impulso del verdadero amor es la pasión combinado con ternura, confianza y compromiso.
Solamente de esta manera conseguimos que no se extinga la pasión y se transforme en una eterna llama que de calor a nuestras almas y sentido a nuestras vidas.
Sin pasión, el amor se convierte en un pálido reflejo de lo que podría ser.
Nos arriesgamos, nos entregamos y nos dejamos llevar por esa fuerza arrolladora que nos recuerda –a cada instante– que estamos aquí para amar y para vivir con intensidad.
El amor es pasión porque –ese fuego incontrolable– nos hace sentirnos vivos.
Te veo, no puedes esconderte
Te has refugiado en las sombras, en la calculada indiferencia o en esa frialdad que te hace encantadora.
Un lugar único adonde siempre volver
Pero no consigues esconderte de mi, siempre aparece ese hilo suelto, esa grieta en tu disfraz que consigo atisbar.
Estoy seguro de que no es obsesión, más bien destino.
Las huellas –tus huellas– esas que –infructuosamente– intentas borrar y se convierten en apenas un susurro del viento, un eco en la oscura noche, nos son invisibles para mi.
La distancia no nos protege del amor, sobre todo cuando significas algo para alguien o significa algo para ti.
Más allá de cada momento, más allá de cada instante a tu lado nos interpela el futuro.
Esconderse resulta una opción de lo más sencilla, aunque no es más que un breve paréntesis en esta batalla hacia una merecida victoria.
Si no afrontamos lo que nos inquieta, nuestra ansiedad crece, la culpa nos aplasta y el temor se convierte en el más grande de los monstruos imaginables.
Enfrentar los miedos te llevará a descubrir que –éstos– no eran tan invencibles como parecían.
Combate lo que te aterra, y verás que al otro lado de tus miedos está la libertad.
En la huida no radica el verdadero coraje, sino en la aceptación de que somos imperfectos, que fallamos, que sentimos miedo.
Solamente existe una manera real de liberarnos de aquello que nos atormenta y no es otra que atravesándolo.
La vida es demasiado corta para vivir a la sombra del miedo.
Te crees invisible, pero no puedes ocultarte de lo inevitable.
Te veo.
Un rincón en cada casa
A diario pasamos de largo por ese mueble, esa cómoda o por ese estante que alberga aquella cajita de madera que -más grande o más pequeña– existe en todas las casas.
La caja de los recuerdos.
Es verdad que la tenemos olvidada –la visitamos poco– o no queremos recordarla.
De madera, marcada por los años, a veces desvencijada pero insustituible.
Y dentro, se apiñan fragmentos de nuestra vida.
Viejas cartas, escritos que alguien nos dedicó un día, fotos que desafían nuestra memoria, aquella postal que nos hace presentes en un lejano lugar, un viejo billete de algún país exótico o las entradas de aquel concierto tan especial.
Todo se agolpa en esa caja, un gran contenedor de emociones, memorias y nostalgia.
Cada uno de esos objetos son retazos de nuestra historia, retales de un puzzle vital al que aferrarnos en ciertos momentos.
Una vieja carta puede evocar un amor del pasado, aquella fotografía casi sepia trae de vuelta esa amistad lejana o un billete de tren que te lleva a recorrer –otra vez– aquellos pequeños pueblos de tu infancia.
En ese espacio –tan íntimo– nuestros momentos especiales se encuentran protegidos del tiempo.
Revisar esa caja –lo que atesora– nos acerca alegrías, tristezas o inspiración.
Esa minúscula caja representa una pasarela entre el pasado y el presente, una manera de conexión entre aquello que fuimos y aquello que queremos ser.
Y aunque los tiempos digitales han arrinconado nuestras cajas de madera, esa breve caja física conserva un especial encanto.
Tocar un viejo objeto, percibir su textura o su aroma nunca podrá ser sustituido por las modernas tecnologías.
Si aún no tienes tu propia caja de recuerdos deberías apresurarte a ello.
Preservarás la esencia de tu vida, irás dejando bonitas huellas para el futuro.
El tiempo convertirá esa pequeña caja en un tesoro de incalculable valor.
Los pasillos del alma
Un sueño, una canción que nos conmueve, palabras que acarician profundas fibras de nuestro ser.
Un silencio que nos enfrenta con aquel suceso que evitamos mirar de frente.
De esta forma se nos muestra lo que esconden los recovecos del alma.
La introspección –la exploración– de estos recovecos nos adentra en lo desconocido dentro de nosotros mismos.
En todos esos rincones se acumulan heridas del pasado, amores olvidados, palabras que nunca tuvimos el valor de pronunciar, los sueños perdidos.
Pero también se encuentran en esos escondrijos, nuestras esperanzas, nuestra creatividad y ese recóndito lugar donde se gestan nuestras más autenticas emociones.
Estos espacios –invisibles– son abrumadoramente reales.
Cada recoveco alberga un pequeño universo en nuestro interior a la espera de que seamos capaces de descubrirlos y tengamos la suficiente serenidad para comprenderlos.
Esos rincones, –esos recovecos– se interconectan a través de los pasillos del alma, corredores invisibles que transitamos en soledad buscando respuestas en nuestro interior.
También recorremos estos pasadizos cuando el peso de la vida nos presenta como única opción una mirada hacia nuestro interior.
Al atravesarlos encontraremos infinidad de puertas cerradas, muchas de las cuales nunca nos atreveremos a abrir.
Aquellas de las que logres vislumbrar su interior te interpelarán, te ayudarán a comprender tu vida y te reconciliarán con tu propia historia.
Pero estos pasillos no solo son lugares de introspección, también cumplen una función de interconexión.
Recorriendo estos senderos conseguimos abrirnos a nuestro entorno, compartir nuestras más auténticas emociones y podemos permitir que otros caminen a nuestro lado.
Esos recovecos –tan nuestros– pueden ser compartidos aunque no es nada fácil.
Si lo permitimos, si dejamos que alguien más vea lo que ocultan nuestras puertas cerradas estaremos creando lazos emocionales verdaderamente profundos y verdaderos.
Cuando recorres los pasillos de tu alma te encuentras inmerso en un viaje infinito en el que siempre encontrarás nuevas puertas tras las cuales se atesoran nuevos recuerdos, nuevas emociones, nueva vida.
Al recorrer los pasillos de nuestra alma vivimos con mayor autenticidad, aceptamos nuestra complejidad y en ese tránsito encontramos la esencia de quienes somos en realidad.
Las marcas del alma
Cada trazo es una historia, un destello de sonrisas compartidas, lágrimas derramadas y noches de vigilia.
Esos trazos –las arrugas– no son más que la huella del tiempo sobre tu piel.
Son el silencioso testimonio de tus emociones vividas.
Si has amado intensamente, tus trazos configuran un mapa que señalará tus experiencias, ahí –en cada pliegue– encontraremos el profundo eco de un beso, una caricia o una promesa cumplida.
El amor, –al igual que el tiempo– deja profundos surcos y no solamente en tu piel, sino en el alma.
Si has amado profundamente serás testigo de como el paso del tiempo no solamente transforma tu cuerpo, sino también tu manera de sentir.
Las arrugas –tus arrugas– no son un signo de decadencia, sino de entrega.
Esos “trazos” en tu rostro nos demuestran que has reído hasta la extenuación, has fruncido el ceño con sinceras preocupaciones y has tenido la maravillosa oportunidad de –entrecerrando tus ojos– mirar tiernamente a quien amas.
Las arrugas se presentan sin pedir permiso y en ellas se almacena la riqueza de lo vivido.
Aceptar el discurrir del tiempo, respetar cada etapa y disfrutar de la belleza de esas marcas que se nos van dibujando es amar la vida.
La belleza no se mide en cuan tersa se mantenga nuestra piel, más bien en la profundidad de una mirada sincera y la calidez del alma.
Nuestras arrugas –nuestros trazos– son inseparables del amor.
Esos trazos –esculpidos en nuestra piel– conforman un sincero diario que aquella persona que te ama sabrá descifrar y respetar.
Cuando alguien realmente te quiere, amará cada una de tus arrugas, cada una de tus pecas y no habrá nada que encuentre más bello y hermoso.