Una vida de éxito
La noche se había adormecido casi sin querer, sin incómodas brisas, –calma absoluta– y a la tenue luz de la luna repasaba su vida.
Una vida de éxito a decir de muchos, envidiable en boca de otros.
El diría que era una vida normal, coloquialmente, del montón.
En sus años de juventud perseguía –al igual que la mayoría– el éxito profesional, en ese momento sus prioridades eran la estabilidad económica, el liderazgo profesional, emprender un negocio exitoso… cada día su primer pensamiento al despertar se llenaba de cifras, de cálculos, de ganancias,…
Después fueron llegando las piedras en el camino, las crisis, los errores en algunas decisiones y aquello que siempre le había parecido el éxito dejó paso a un desmoronamiento emocional que le hizo replantearse todo aquello en lo que siempre había creído.
Una vez desposeído del pedestal del triunfador comprendió que todo por lo que siempre había luchado, aquello que siempre había perseguido no se correspondía absolutamente para nada con la palabra éxito.
Fue en ese instante, en ese momento, en lo más profundo del pozo que se había procurado él mismo, cuando comprendió que su vida debería dar un vuelco.
Y conoció otros mundos, otro universo en el que lo material pasaba de ser esencial a ser solamente necesario, en el que la autoestima, la paz interior y el equilibrio emocional eran ahora la esencia de su vida.
Se encaminaba hacia el verdadero éxito que radica en la felicidad y la tranquilidad más que en los logros externos.
La luna se encontraba ya alta en el firmamento y se moría de ganas de compartir aquel momento con alguien especial, alguien que a su vez quisiera compartir su paz.
Alguien que apoyando su cabeza en su hombro pudiese apreciar la belleza de aquel cielo levemente iluminado en cuarto menguante.
Alguien que ocupase su último pensamiento cada noche y el primero al llegar el alba.
Ese sería su definitivo, único y verdadero éxito.