El primer momento
Todo comienza con una mirada, un saludo atropellado por los nervios.
Si en ese momento tu corazón se sobresalta estás en aprietos.
Es difícil luchar contra el destino para quien no cree en las casualidades.
Ese momento inicial de dos segundos en el que se cruzan dos miradas y estrechas una mano puede determinar definitivamente tu vida.
En ese instante no tienes nada, eres y estás solamente tú, nada sabes de ella y ella nada sabe de ti.
Ahí —sin condicionantes— puede estar esa oportunidad que siempre has esperado.
Esa oportunidad en la que parece que tu vida –como si de un gran trasatlántico se tratase– se prepara para comenzar un giro que lo salve de acabar en las rocas de la costa.
Ese instante en el que —de repente— pareces estar atrapado por las arenas movedizas de las emociones y los sentimientos.
Nunca escogemos los primeros momentos, estos surgen, sin más, y nunca sabemos hasta donde llegarán las consecuencias de esa mirada inicial.
Después sigue la vida, a veces resplandece y lo que fueron dos segundos fugaces se convierten en una relación infinita.
Otras, la vida sigue, sin tantas luces, sin tanta esperanza, rutinariamente al perder la que habías creído o hubieras deseado que fuera esa oportunidad que necesitabas.
De todas formas siempre se sigue adelante porque siempre hay un resquicio de esperanza que nos susurra al oido que a la vuelta de la esquina puede surgir otra mirada, otro momento.