Descálzate
La delicadeza, la armonía de sus formas y ese sutil magnetismo que ejercen sobre la mirada y el tacto definen la sensualidad de un pie femenino.
Son un reflejo de la gracia y el cuidado, con esa suave y aterciopelada piel que invita a ser acariciada, son una extensión misma de la feminidad.
Ese arco elegante, cual precisa curva dibujada en un lienzo, augura movimiento y flexibilidad, de delicados pasos ligeros como el vuelo de una pluma o absolutamente firmes y seguros sobre el empedrado del camino.
Proporcionados y escuetos –los dedos– evocan la sabiduría y perfección de la naturaleza.
Un delicado esmalte o un sugerente rosáceo natural revelándonos pureza e inocencia.
Deslizándose descalza sobre la fría superficie del suelo el contraste con la calidez de su piel despierta un sutil estremecimiento, un vaivén de sensaciones que no pasan desapercibidos a quien observa con atención.
Adornados quizá con una breve pulsera –sutil– los tobillos –finos– resaltan la fragilidad y al mismo tiempo la fuerza, combinadas en una dicotomía irresistible, imposible.
Entre todos los lenguajes existentes, es el de los pies una manifestación única.
Pueden sugerir deseo al moverse con ligereza bajo una mesa, abandono cuando descansan relajados sobre una cama o con un roce casual que es casi un susurro sobre tu piel resulta en una atractiva provocación.
En la danza, en el caminar pausado o en la inmovilidad calculada, los pies de una mujer se expresan sin palabras.
Son un símbolo de delicada sensualidad implícita, un detalle que hipnotiza, que invita a imaginar el tacto, la calidez, el aroma.
En su sencillez, en su presencia discreta, reside un poder sutil, una insinuación que enciende la imaginación y despierta los sentidos.
Una suave caricia, un breve masaje o el roce de su piel nos transporta a seductoras conexiones del alma.