Stand By Me (Quédate a mi lado)
Al difuminarse la luz del día dejando paso a la soledad de la noche encontró –como cada día– ese momento en medio de la nada.
Ese momento en el que –rodeado de cosas– echaba de menos a las personas.
En su giradiscos de los noventa sonaba aquel vinilo de Ben E. King desgranando el Stand By Me.
Ese Stand By Me –quédate a mi lado– que no encontraba fácilmente un destinatario.
Quería entender, quería comprender la inseguridad que le atenazaba y bloqueaba el envío de ese mensaje, pedir aquella cita o simplemente rozar y coger su mano.
Sus objetos –sus cosas– se le daban mucho mejor, quizá porque con ellos no existía la posibilidad del rechazo, era imposible la frustración o la decepción.
Para él, esos momentos en la vida deberían asemejarse a una obra teatral donde cada frase de uno de los personajes daba pie inequívocamente a la reacción de su contrario y el desenlace se intuía desde el inicio.
Pero la vida no es tan sencilla, ni se ensaya con un libreto predefinido.
Almas gemelas, pueden cruzarse sin siquiera rozarse o aún reconociéndose en sus miradas, no acumular el suficiente valor para coger su mano y sin decir una sola palabra decirlo todo.
Esa es la realidad de la vida –que no es teatro– el deseo, el anhelo no siempre consigue alinearse con nuestra realidad.
En su giradiscos de los noventa aquel corte –Stand By Me– llegaba a su fin y en cada giro seguía pidiendo, quédate a mi lado.