Arenas movedizas

Sentado sobre aquella roca, al borde del acantilado y con la vista puesta en el horizonte intentaba afrontar sus más profundos temores.

En su mente se agolpaban sus errores enfrentados a sus victorias, y como resultado de aquella desigual batalla lo que tenía ante si no era otra cosa que su vida.

Una vida repleta de momentos felices y otros no tanto, una vida de experiencias únicas y a la espera de vivir nuevos instantes emocionantes y compartidos.

Allí sentado repasaba esos lugares comunes que ansiaba compartir, que anhelaba transitar a su lado.

El temor al siguiente paso era una constante en su vida para el que siempre había confiado en su buena estrella, su destino, el karma o como quiera que cada uno de nosotros lo identifique.

Cada paso, cada decisión en nuestra vida puede implicar una pérdida de lo ya conseguido, un cambio vital que puede derivar en inagotables alegrías o eternas decepciones.

La dualidad era persistente en su vida y sus decisiones conformaban como viviría pasado ese momento de duda, ese momento de difícil decisión.

Una hora después, allí seguía, el día comenzaba su despedida y no había encontrado respuesta a sus dudas, no había decidido que hacer o no se había atrevido por miedo?

La brisa del atardecer y el murmullo de las olas unido a la evidente falta de visibilidad le animaban a volver a su casa, –su refugio– allí donde se sentía seguro y donde posiblemente –inmerso en su rutina– dejaría a un lado decidir sobre lo importante, sobre su vida.

Siempre le había resultado complicado interpretar las señales de la vida, las señales de su entorno, esas que te ayudan cuando estas a un palmo de pisar arenas movedizas.

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