Locuras

La tarde consumía sus últimos rayos de sol –era primavera– y recorrían el sendero que bordeaba un riachuelo de aguas cristalinas.

Se disipaban aquellos días de asueto recorriendo los Pirineos.

Caminaban en silencio, como queriendo atrapar aquellas últimas horas para eternizarlas en su interior.

Curiosamente aquel silencio estaba lleno de vida, en la naturaleza nunca el silencio es absoluto.

El murmullo del viento, el crujir de una rama, la alegría musical de una insospechada cascada.

En un pequeño recodo del camino pisaron inadvertidamente una pequeña roca realmente resbaladiza y lo que podría haber sido un baño en aquellas gélidas aguas se quedó en una suave caída sobre la hierba agarrándose el uno al otro.

Aprovecharon el resbalón para sentarse en la hierba y observar aquel maravilloso lugar.

No necesitaban mucho más para ser felices, lo importante era disfrutar del momento juntos.

Aquella pequeña escapada fue fruto de un arrebato, una locura de esas que surgen sin pensar, un “a que no te atreves” y cinco minutos después tenían todo organizado.

Quizá por eso mismo –por lo inesperado– aquel fin de semana en la montaña, aquellas infinitas horas totalmente solos fueron un deleite para sus almas.

Aquellos días –al mismo tiempo– locos y apacibles recorrieron maravillosos lugares, viejos pueblos casi fantasmas, pasaron noches deleitándose con cielos cubiertos de estrellas y combatían la suave brisa nocturna fundidos en un estrecho abrazo.

Desde que hicieron aquel –inesperado– viaje se propusieron que al menos una vez al mes debieran realizar una locura, algo inesperado.

Y tu, ¿tienes a alguien que haga locuras por ti? ¿Que haga locuras contigo?

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Un privilegio