Un paraíso en tu jardín

Vivir en una isla a menudo se asimila con una vida solitaria, una vida apartada y lejana.

Pero esto no es así, vivir en una isla es una experiencia única donde se combinan belleza natural y exclusividad.

Rodeados por el océano, estamos constantemente en contacto con la naturaleza.

Nuestras playas de dorada arena, aguas cristalinas y espectaculares atardeceres conforman un paisaje idílico a la par que cotidiano.

Es por eso que nuestro estilo de vida es más pausado y relajado, donde la conexión con el entorno es fundamental.

Nuestro pueblos son pequeñas comunidades con un intrincado entramado de relaciones.

Las tradiciones evocan una vida ligada a ese océano que nos rodea y que nos provee de alimento.

Todas las islas emanan un halo mágico, una sensación de que en ellas se libran batallas épicas de energías desconocidas para nosotros, que solamente podemos intuir.

En nuestro caso, cada una nos muestra una personalidad diferente, nos conmina a una forma distinta de vivir a la de nuestros hermanos de la isla vecina.

Cada rincón nos ofrece una experiencia única, y todas en su conjunto podrían componer una moderna Arcadia feliz.

Da igual los problemas que podamos sufrir, nuestra vida en estos parajes es un regalo para los sentidos y un regalo para el alma.

Caminar nuestras islas, –conocer cada recodo– es la mejor manera de comprender y disfrutar de la belleza de este entorno, y compartir esta experiencia con esa persona especial –que todos tenemos– convierte nuestra vida en un regalo único, exclusivo.

Es por eso que el deseo de muchos de los que nos visitan es –en algún momento de sus vidas– establecerse en estas tierras.

Somos afortunados, y deberíamos ser agradecidos con nuestras islas por todo lo que nos ofrecen y por la forma en que nos colman de serenidad.

Vivir en una isla es –sin dudarlo– vivir en un eterno paraíso.

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