Cuando niños
Al abrirse la puerta del coche salíamos en tromba dispuestos a conquistar nuestro pequeño territorio en aquella playa.
Una playa de fina arena dorada testigo de mil batallas, mil historias de otras almas que –mucho antes de nuestra existencia– ya habían transitado aquellas orillas.
Una vez asentados en el lugar previamente elegido por nuestras madres, –el mejor rincón de la playa aunque nadie supiese porqué- salíamos en estampida hacia,… las rocas.
Las rocas –de cualquier playa– era ese lugar prohibido que nos atraía como un imán.
Ese lugar lleno de charquitos –a su vez– repletos de pequeños peces se convertía en una aventura efímera, que había que vivir deprisa antes de la llegada de la próxima marea llena.
Bueno, no siempre era la marea la que ponía fin a aquellas expediciones rocosas pues –muchas veces– aparecían nuestros padres para empujarnos hacia la arena que –según ellos– era mucho más segura, y mas aburrida también.
Expulsados de nuestro primer territorio pasábamos a la segunda fase del día.
Aquí podíamos escoger entre palas o pelota.
Marcábamos nuestro campo y nos disponíamos a emular a Nadal o Federer hasta que nos cansábamos de correr detrás de la bola sin conseguir un solo peloteo decente.
Después de un baño rápido y un par de revolcones con las olas –de aquel mar más bravo de lo habitual– corríamos como posesos a por la pelota para convertirnos –por un instante– en los futuros cracks del futbol con los que soñaban nuestros padres.
El entusiasmo parecía multiplicar nuestras energías y correteábamos detrás de aquella pelota como si de un campeonato mundial se tratase.
Y de pronto retumbaba aquel grito poderoso, que empequeñecía al mismísimo rugido de las olas,…
A comer!
Dejábamos todo y salíamos disparados hacía aquellas sombrillas –rojas, verdes y amarillas– que componían el epicentro de nuestro mundo.
Nos instalábamos como mejor podíamos y una vez repartidos los bocadillos de tortilla, las ensaladas y los refrescos nos aprestábamos a devorar aquello que –con el hambre que teníamos– se convertían en deliciosos manjares, muchas veces –sobre todo cuando hacía viento– regados con una fina pátina de aquella arena que nos rodeaba por todas partes.
Comíamos a toda prisa, había que volver a disfrutar de la aventura, esta vez la idea era llegar hasta los confines de aquella playa eterna de la que nunca pareciéramos ver su final.
Una hora de caminata –con nuestros padres vigilantes a una prudente distancia– y llegamos a una muralla de rocas infranqueable, habíamos dado con el final de nuestra aventura.
Solamente quedaba ya el desmantelamiento de aquel entramado de toallas, sombrillas, neveras y sillas de plástico que se había constituido –por unas horas– en nuestra casa bajo el cielo.