Infancia

Al volver la vista atrás nunca conseguimos ir más allá de nuestra infancia.

Venimos de algún lugar que no podemos recordar y transitamos nuestra vida hacia un lugar que no conocemos.

Nunca sabremos si el primer sollozo de un bebé es un saludo a esta vida o una triste despedida de su vida anterior.

En esta tesitura la infancia se revela determinante para nuestra vida posterior.

No conocemos nada de este nuevo cosmos y nos asombramos por todo.

Descubrimos todo un mundo con solo levantar una piedra en el campo y observar como bajo esa montaña se desarrolla toda una vida de hormigas, gusanos o arañas.

Imaginamos aventuras imposibles suponiéndonos seres diminutos que podrían vivir también bajo aquella piedra-montaña luchando contra hormigas gigantes.

De camino hacia la madurez nos alejamos de la curiosidad, la imaginación o la capacidad de asombrarnos al observar la maravilla de lo que nos rodea.

Si casualmente eres el mayor de tus hermanos hay algo que se desarrolla a velocidad de vértigo, el sentido de la responsabilidad.

También nos alejamos de la imaginación sin barreras, y si –por casualidad– has conseguido cultivarla y mantenerla te mirarán con incredulidad e incomprensión hasta tus propios amigos.

Dejar de soñar en grande es uno de los costos más altos de hacerse mayor.

Durante nuestra infancia todos hemos sido médicos, abogados o astronautas.

Todos hemos viajado la ruta de la seda con las mil y una noches entre nuestros dedos o nos hemos sumergido en el océano persiguiendo inmensos pulpos malvados.

Hemos visto nevar, aún viviendo en el ecuador y hemos pasado veranos enteros en el caribe sin salir de nuestra habitación.

La infancia no volverá –es verdad– pero siempre tenemos la oportunidad de volver allí por unos momentos o unos días.

Siempre podemos hacer eso que de mayores llamamos “locuras” y que no son otra cosa que vivir la vida intensamente, exactamente como la viven los niños.

P.D.: Es fantástico vivir locamente.

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