Una carta
¿Carta o email?
Nuestra vida se ha transformado vertiginosamente.
La lírica de comunicar nuestras sensaciones, los sentimientos contenidos en aquel fino papel, dejaron paso a la frialdad de un teclado de plástico.
Quien nunca ha escrito una carta de verdad que recorrerá medio mundo antes de llegar a su destino no puede entender lo que es la paciencia.
Aquellas palabras que describían penas, alegrías o simplemente reafirmaban un amor en la distancia, pasaban de mano en mano, cruzaban fronteras para –por fin– llegar a manos de alguien que anhelaba aquel momento una vez al mes.
Leíamos y releíamos aquel pedazo de papel hasta casi aprender de memoria unas palabras –siempre escasas– cargadas de emoción y cariño.
El fino hilo que unía a las personas se servía de esta “tecnología” para mantenerse firme.
Era un forma de comunicación lenta –es verdad– algunas veces incluso nunca llegaba a destino aquel sobre repleto de sentimientos, y su llegada se vivía como un gran acontecimiento.
Las cartas siempre eran sinceras.
Conseguir el papel, los sobres, sellarla, ir a correos, constituía toda una liturgia que infundía a aquel papel un halo de misterio enigmático.
Escribirla era todo un reto, intentar condensar todas tus vivencias de semanas o meses en un par de hojas de papel, intentar que tus sentimientos viajasen dentro de aquel sobre no era tarea fácil.
Recibirla, abrirla con cuidado para no romperla y acto seguido disfrutarla una y otra vez era muy parecido a escuchar nuestra canción favorita en un bucle infinito.
Si queremos recuperar esas emociones es sencillo, basta con buscar un papel, un bolígrafo y dar rienda suelta a nuestras emociones, a nuestros sentimientos, a nuestras vivencias.
Nunca podrás hacerlo via email.