Tus manos, las mías…
Fue algo casual –una presentación de rutina– estrechamos nuestras manos y sucedió algo.
No le prestamos mucha atención y en nuestra rutina diaria no somos conscientes de lo cruciales que son para nosotros.
Tus manos –las mías– son una maravillosa extension de nuestras almas.
Con ellas –con su destreza– podemos crear, nos asisten en nuestro trabajo diario, pero sobre todo expresan una variedad infinita de emociones.
En ocasiones sus gestos van más allá de lo que cualquier palabra pueda transmitir.
De entre todas sus formas de expresarse, la caricia resulta la más poderosa, la más íntima.
Una breve caricia puede asemejarse al roce de una cálida brisa.
Una simple caricia te consuela, te enamora, te calma o te fortalece.
Las caricias de una mano amiga te hablan sin voz.
Hay caricias de compasión, las hay de ternura y algunas –las más expresivas– consiguen contarnos magníficas historias de amor.
Las hay apasionadas, esas caricias que se escapan, se fugan de nuestra voluntad para compartir sentimientos de puro gozo.
Una suave mirada, una dulce palabra, un susurro casi imperceptible con el que pronuncien tu nombre son –muchas veces– invisibles caricias que se adentran en tu corazón.
Abrazarnos, rozarnos, sostener el temblor de una mano querida puede transformar nuestras vidas.
Tus manos –las mías– con su capacidad de emocionar, de erizar nuestra piel nos evocan la vida, es por ellas que en innumerables ocasiones recordamos que estamos vivos que pase lo que pase seguimos sintiendo.
Fue algo casual, la rutina de una presentación pero le recordó que era verdad, que en esta vida seguían existiendo las emociones, los anhelos, los deseos.
Aquellas manos le habían despertado de un prolongado letargo y le habían convencido de que había vida más allá.