Sin riesgo, sin expectativas

Para algunos, la vida –vivir– significa luchar, aferrarse a sus sueños y mantener la esperanza de cumplirlos.

Esa es la actitud que –independientemente de los logros– hace de la vida un tránsito que merece ser explorado.

Para otros, esta misma vida es una infinita sucesión de concesiones, de derrotas que se asumen sin resistencia alguna.

Es así como se forja la historia de aquellos que se han resignado a aceptar sin pelear, a renunciar al riesgo y a una vida carente de ilusión, de expectativas.

Una vida decepcionante.

Luchar por lo que queremos es de esas primeras enseñanzas que recibimos desde nuestra infancia, pues en muchos aspectos la vida se nos plantea como un campo de batalla.

¿Que ocurre cuando dejas de luchar?

Cuando hasta el más mínimo obstáculo se percibe insuperable, cuando nuestro esfuerzo no recibe recompensa, cuando cada intento de cambio nos conduce indefectiblemente a la frustración, llega ese momento en el que renunciamos a resistirnos.

Aceptamos sin pelear pero esto no nos asegura la paz interior pues cedemos –nuestras ilusiones– ante el peso de la realidad, asumimos que el destino dicte cada uno de nuestros pasos sin objeción alguna.

Asentimos sin cuestionar, aceptamos lo que ha de venir sin alzar nuestra voz, sin defender nuestro legítimo derecho a algo mejor.

Es así como la vida se convierte en rutina conformista donde cada día es una repetición insulsa del anterior.

Asumido ya el aceptar sin pelear nos encaminamos –sin remedio– hacia la pérdida total de la ilusión, esa que podría hacer las cosas diferentes.

La esperanza –de manera imperceptible– se va apagando, es un proceso lento pero demoledor.

Poco a poco –con el paso del tiempo– algo nos atraviesa y nos posee como si de una segunda piel –una cárcel– se tratase, la resignación, que acabará convirtiéndose en nuestra única manera de existir.

Y aunque las oportunidades siguen estando ahí –a tu alcance– ya ni siquiera intentas atraparlas.

Has sucumbido al convencimiento de que tus cartas están echadas, no crees que pueda ser posible cambiar tu destino y asumes –como una losa- que cualquier intento por abandonar esta monotonía solamente te acarreará una mayor decepción.

Te acostumbras a vivir en un estado de letargo emocional, donde nada sorprende, nada emociona y nada duele lo suficiente como para despertar un deseo de cambio.

La resignación se ha apoderado de ti.

Has renunciado al riesgo de la vida, a la aventura, al motor que impulsa la búsqueda de algo mejor.

Eliges lo seguro, lo conocido, aunque en tu fuero interno, en lo mas profundo de tu ser sabes que es insuficiente y sabes también que estás llevando una vida mediocre.

Esta actitud lo impregna todo, tanto los grandes sueños como las más pequeñas decisiones de tu vida.

No intentarás un nuevo trabajo por miedo al fracaso, no expresarás lo que sientes por temor al rechazo, no pretenderás una nueva relación porque el dolor del pasado sigue siendo una pesada losa.

Vivir sin riesgo es vivir en una prisión invisible.

Cuando te has vencido a la resignación y has descartado el riesgo no queda más que dejar la vida pasar, sin expectativas, sin ilusiones.

De esta forma –sin ilusiones– no hay dolor.

Al vivir sin expectativas tus días pasan sin propósito, trabajas sin esperar reconocimiento, amas sin esperar reciprocidad, existes sin la esperanza de cambio alguno.

Aprendes a conformarte, con lo poco que tienes y no aspiras a nada más.

Hay quien llama a esto sabiduría, pero en realidad es una forma de muerte en vida, una manera de existir sin realmente vivir.

Sin expectativas, sin sueños, sin la posibilidad de que el mañana sea diferente, la vida pierde su color, su esencia.

A veces, en lo más recóndito de tu ser queda una chispa de deseo y una mínima voz te susurra que aún estás a tiempo de cambiar.

Pero el peso de la resignación ahoga esa débil voz.

Y de esta manera es como nuestros días pasan, sin sorpresas, sin emociones, sin sentido.

Nuestra vida, desprovista de la lucha, del riesgo y sobretodo sin expectativas, no es vida, queda reducida a una sombra de lo que pudo haber sido.

P.D.: No asumir riesgos, no luchar y renunciar a tus expectativas provocan envejecimiento prematuro.

Puedo ver tus verdaderos colores, por eso te amo

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