Saudade
El mundo –tu mundo– puede sentirse frío, gélido en ocasiones cuando eres consciente de que nadie te espera.
La soledad se revela en la más cruda de sus formas cuando te embarga la sensación de no tener quien aguarde tu llegada, nadie que se preocupe por como te encuentras o que celebre tus aciertos y triunfos.
La sensación de vacío puede volverse abrumadora al no encontrar en ciertos momentos una sonrisa cercana o un reparador abrazo.
La mera presencia física no siempre te hace sentirte acompañado, la compañía es básicamente un lazo emocional que llena de sentido tu vida.
Hay momentos en los que la vida nos sitúa en caminos solitarios –travesías por nuestro particular desierto– que favorecen la introspección y el aprendizaje.
Aprendemos a valorar nuestra propia presencia y descubrimos que ante la indiferencia social, somos nosotros mismos nuestro propio refugio.
Somos nosotros mismos nuestra compañía más importante.
Esta situación no debe afectar a nuestro ánimo, ya estamos más que acostumbrados a que la vida es un devenir de sorpresas y ninguna situación suele perpetuarse indefinidamente, ni siquiera las buenas.
Las conexiones humanas son totalmente impredecibles y la esperanza es el sentimiento que debe prevalecer en esos momentos.
Cuando nadie te espera tienes ante ti todo un mundo de oportunidades, eres libre, sin ataduras y tienes la ocasión de desarrollar tus pasiones, tus emociones.
En ese camino, que suele presentarse varias veces en nuestra vida, más pronto que tarde aparecerán esas personas com las que compartir tu vida y no será porque lo necesites con desesperación, sino porque durante esa travesía has aprendido a vivir con plenitud tu propia vida.
La soledad no debe transformarse en una sombra persistente que desenfoque nuestra propia vida.