Aquella noche en la playa
La noche había sido larga, –muy larga- se acercaba el alba y la playa estaba completamente desierta.
Las últimas estrellas iban desapareciendo del firmamento a medida que iba clareando la línea del horizonte.
El mar se comportaba como una gran mancha de aceite, inmóvil, sedoso, un privilegio para la contemplación solitaria.
Curiosamente –en pleno invierno– la arena de la playa, aún a esas horas, conservaba un tacto cálido, acogedor.
La noche había sido larga y solitaria, había vivido el ocaso a sus espaldas, con el mar frente a el y aquella dorada arena bajo su cuerpo.
Ahora era el momento de presenciar –una vez más– aquel momento brujo de la alborada.
Después de las horas de oscuridad, –de introspección– resonaba en su interior esa lucha entre la esperanza y la realidad, el deseo y la frustración.
Levantó la vista y el incipiente resplandor que asomaba tras la linea del horizonte le obligó desviar la mirada.
Aquel rayo de sol no consiguió avivar su esperanza, la realidad de la playa solitaria se imponía a cualquier otro anhelo.
Comenzaba a sentir la calidez de la mañana sobre su piel y en cualquier momento asomarían –de entre las dunas– los primeros turistas del día.
La brisa emprendía ya su viaje hacia el interior de la isla y le provocó un repentino escalofrío que dejaba claro que aquella noche en la playa no había pegado ojo.
No había nadie con quien hablar, nadie con quien dar un paseo a la orilla del mar.
No había nadie.
Somos
Autenticidad o apariencia, ser o parecer.
Diariamente nos movemos en esta dicotomía entre la autenticidad o el deseo de ser aceptados.
El ser está arraigado en nuestros más profundos valores, es lo que permanece cuando nadie nos ve, lo real, lo profundo, nuestra propia verdad.
El ser es ese lugar donde vivimos nuestra intimidad y que a pocos le mostramos, ese lugar en el que lloramos, o en el que íntimamente nos alegramos cuando conseguimos nuestras metas mas deseadas.
A veces damos con personas –almas– con las que compartir esta zona íntima de nosotros mismos y con las que nos entrelazamos sin casi percibirlo.
Son esas almas mágicas que irradian una sensación de cercanía difícilmente comprensible y totalmente inexplicable.
Esto nos ocurre muy pocas veces en la vida y por eso lo valoramos tanto, por eso nunca nos parece demasiado el tiempo que compartimos.
En el día a día hemos de reconocer que somos más de apariencia, mas de buscar la aceptación y como tal propósito solemos presentar una máscara que oculta nuestro verdadero ser.
La búsqueda del reconocimiento social, de la sensación de “encajar” nos lleva a corromper –en mayor o menor medida– nuestro propio ser.
La diferencia crucial radica en la autenticidad.
Mientras que el ser busca expresar lo genuino, el parecer –a menudo– prioriza lo que es agradable a los ojos de los demás.
Pero una vida basada únicamente en parecer es superficial y tremendamente agotadora.
En cambio, ser permite encontrar plenitud y libertad, al no depender de validaciones externas.
Básicamente podemos asimilar el “parecer” directamente con la mentira lo cual nos impele a convertir una parte importante de nuestra vida en un teatrillo, en una pequeña farsa.
Esto puede derivar en una existencia vacía, ansiosa o insatisfactoria, pues tu energía se enfoca en mantener una fachada en lugar de nutrir nuestra esencia.
Ser o aparentar, si conseguimos alinear lo que proyectamos con lo que realmente somos conseguiremos conciliar estas dos realidades que nos definen.
P.D.: Mejor es ser que parecer.
Propósitos para el 2025
Y llegó el día, esta noche habremos liquidado definitivamente el 2024.
Pocos recordaremos aquellas buenas intenciones y propósitos a los que nos habíamos comprometido al comienzo del año.
Y este año muchos volverán a caer otra vez en la tentación de recopilar esas largas listas de todos los finales de año, que si bajar kilos, comprarme no se cuantos cacharros, cambiar de casa o cualquier otra ocurrencia que se nos pase por la cabeza en ese momento.
También es verdad que cuanto más larga sea la lista mas probabilidades tendrán de que alguno de esos propósitos se cumpla.
La realidad es que todos esos propósitos suelen ser tan efímeros como un beso de despedida.
El poder de arrastre de nuestro sistema de vida es tan potente que se hace difícil siquiera acordarse de aquellos propósitos que escribimos en un papelito al ritmo de los peces en el río.
Quizá sea por eso que muchos propósitos dejan a un lado esa condición y vamos viendo como se convierten en deseos que no impliquen nuestra intervención, será porque así no nos mortificamos tanto.
De esta forma en lugar de proponernos dejar el tabaco –por ejemplo– pasamos a desear que se hundan las tabacaleras.
Creo –verdaderamente– que no se trata de pergeñar en un papel grandes listas de objetivos, más bien quiero creer que todo es más sencillo.
Tan sencillo como que cada vez que nos encontremos con aquella persona a la que queremos le regalemos un abrazo de esos de medio minuto al menos, que nos de tiempo a los dos a percatarnos de que realmente estamos allí compartiendo nuestra amistad, nuestro amor,…
La sencillez de acordarse de esa persona que no ves desde hace un mes y llamarla para preguntarle ¿cómo estás?
Me dirán –a bote pronto– ¡vaya tontería! pero cuantos hemos hecho esto durante este año que ha pasado? El saludo más repetido es el de ¡Cuanto tiempo! y eso no debería ser así.
Nos hemos dejado conquistar por lo material y minusvaloramos la amistad, el amor, el romanticismo, el disfrute de un ocaso en la playa, un paseo por algún pueblo perdido rodeados de lo más básico, la naturaleza.
Nada más verdadero que el roce de una mano amiga, el paseo acompasado con el amor de tu vida o el silencio compartido mirando al mar.
Ante estos propósitos –para mi– el resto languidecen en una esquina del salón.
Seguramente no estarán de acuerdo conmigo pero les seguiré queriendo igual y cuando nos encontremos por ahí espero abrazarles medio minuto al menos.
El 2025 será maravilloso, seguro.
Decir te quiero
Sentado en la escalinata del monumento a Cervantes se recreaba observando a unos chiquillos correteando en el parque mientras esperaba la llegada de Andrea.
Escasamente cinco minutos después llegaba ella luciendo aquella larga melena que tan bien le caía sobre los hombros.
Se entrelazaron en un largo abrazo, se intercambiaron unas miradas delatoras y se dieron un beso de esos, de esos que delatan todo lo que se habían echado de menos desde su última cita.
Con un rápido movimiento de prestidigitador, Juan se sacó de algún sitio una rosa roja que ofreció a Andrea y ella le dedicó una amplia e irresistible sonrisa acompañada de otro abrazo inmenso.
Era temprano y decidieron dar un paseo por los parques y jardines de los alrededores, se cogieron de la mano y se encaminaron hacia el Templo de Debod.
La luna –en cuarto menguante– pero aún bastante luminosa impregnaba la noche de una atmósfera especial.
Los dos creían estar viviendo una historia increíble, paso a paso, sin precipitarse, pero convencidos de que tenían un futuro juntos.
Paseando de la mano –sin más pretensiones– eran felices, saboreando aquellos pequeños placeres de la vida, eran felices, compartiendo un momento –su momento– eran felices, no necesitaban mucho más.
Juan le confesó las dudas que le embargaban y los sentimientos cruzados que a veces le invadían pero reconoció que estando a su lado todo se convertía en un momento de auténtica felicidad e intuía un bonito futuro a su lado.
Ella escuchaba en silencio –atentamente– y asentía sobre las palabras de él y una vez que Juan se quedó en silencio le dijo; te quiero.
Juan, que nunca había conseguido desprenderse del todo de esa sensación de no estar a la altura de su pareja, se quedó mirándola y con los ojos vidriosos no le dijo el consabido, yo también, lo primero que le salió fue un, yo te adoro.
Se fundieron en un abrazo infinito.
Se hacía tarde, eran ya las diez de la noche y apuraron el paso hacia la Plaza Mayor donde habían quedado con sus amigos para cenar algo y disfrutar de un concierto que se iba a celebrar en la mismísima plaza.
Allí les esperaban Carlos, Xavi, Carmen, Ana y Aura que había pasado la tarde con sus “tíos” y en cuanto les vio acercarse se fue corriendo a abrazarse a su padre.
Las chicas –siempre más atentas a los detalles– enseguida se dieron cuenta de que aquello marchaba viento en popa, venían los dos de la mano, sonrientes y muy dicharacheros, aprovecharon el momento para arropar a Andrea abrazándola y haciéndola sentirse como una veterana del grupo, como en su casa.
Se aislaron las tres en una esquina de la mesa e intentaron que Andrea les corroborara lo que ellas ya daban por hecho y,… si, Andrea les confirmó que su relación con Juan aunque muy incipiente iba por muy buen camino y que estaban muy ilusionados, además, de lo que vivieron en sus pasadas experiencias habían aprendido que lo que marca la diferencia no son los grandes fastos sino los pequeños detalles.
Una rosa –les dijo– una rosa con la que no contaba me emocionó como no os lo podéis imaginar.
Las tres se abrazaron y visiblemente emocionadas se volvieron hacia sus chicos dispuestas a disfrutar de la noche.
Se pidieron unos típicos bocadillos de calamares, unas cervezas y comenzaron a sonar los primeros compases de la atracción de la noche, Rosalía recordando aquel tema ya viejo pero entrañable, “Malamente”.
No necesitaba más, sus amigos, su nueva chica, su hija y una nueva vida por delante.
Plaza de España
Aquella noche con Andrea hizo que Juan recapitulara todo lo acontecido en los últimos tres o cuatro años y —a su vez— se replanteara su presente y su futuro, ese futuro que cada vez se le asemejaba más a un pasar los días luchando contra la rutina y con aquella terrible sensación de que todo estaba acabado y de que su vida —más allá de cuidar de su hija— no tenía ningún objetivo.
Aquel encontronazo con la vida le había removido muchas sensaciones adormecidas en su interior y había despertado algún atisbo de esperanza por lo que podría venir en adelante.
También le había llevado a rememorar algunos de sus momentos más felices del pasado reciente.
Sin saber muy bien porqué, le vino a la mente aquella cena en Barcelona con Carmen y Xavi al poco tiempo de su compromiso.
María y él alquilaron un pequeño loft para el fin de semana y Carmen se quedó en casa de Xavi.
Pasaron un fin de semana espectacular paseando por las Ramblas, entrando en La Boquería y quedándose extasiados al ver aquellos puestos de venta llenos de colorido y frescura, repletos de frutas, legumbres, pescados, carnes y dispuestos a cumplir con cualquier antojo que se nos pudiese apetecer.
Encontraron de todo lo que les gustaba y mas tarde en casa de Xavi prepararon una cena espectacular.
Repasando aquellos momentos en su mente se daba cuenta de la gran suerte que había tenido y de que además nunca recordaba ningún capítulo desagradable en su relación.
Aquel fin de semana en Barcelona fue el sello perfecto para aquel naciente vínculo de Carmen y Xavi. Para él supuso un paso más en la consolidación de su relación con María.
No sabía porqué le había asaltado aquel recuerdo del pasado pero —sea como fuere— la verdad es que de esos momentos tenía muchos al cabo del día y le gustaba que así fuese aunque algunas veces esos mismos recuerdos le dejaran malherido.
Y ahora –con todo lo vivido a sus espaldas– se le abría una nueva esperanza, que no tenía porque ser ni mejor, ni peor que lo vivido sino distinto, otro momento, otra oportunidad.
Su debate, –su lucha interna– era importante pues se jugaba dos formas muy distintas de afrontar su futuro y la decisión que tomara condicionaría su vida en adelante.
Había pasado una semana desde aquel encuentro con Andrea y habían vuelto a quedar para disfrutar de una tarde de sábado juntos –que les vendría muy bien– para intentar afianzar aquella incipiente relación.
Se encontró frente al espejo preparándose para la cita y se sorprendió porque después de mucho tiempo se removían en su interior –entrelazados– el temor y la esperanza.
Eran las siete de la tarde y salió hacia la Plaza de España –muy bonita después de la ultima remodelación– donde había quedado con Andrea.
La tarde se había quedado gustosa para el paseo, ni una pizca de viento, una temperatura veraniega y un cielo que dejaba entrever las primeras estrellas que posiblemente se verían opacadas mas tarde pues era noche de luna llena.
Gran Vía abajo sentía como su corazón se aceleraba pero no acertaba a discernir si era ilusión o congoja, su batalla interna seguía muy viva.
Andrea
La noche se extendió hasta casi el amanecer, después del baile –a eso de las dos de la madrugada– lo que iba a ser un regreso a casa se convirtió –sin pretenderlo– en un largo paseo durante el cual –en la tranquilidad de la noche– fueron intercambiado experiencias, vivencias y casi sin darse cuenta estaban pasando de ser dos persona que se conocían a iniciar una senda de amistad.
A los dos les parecía estar en otro universo, ella porque había encontrado a alguien que sabía escuchar y él porque hacia mucho tiempo que no se encontraba tan a gusto con alguien.
Andrea venía de una experiencia –como se solía decir ahora– tóxica, una pareja que buscaba disponer de una mujer bella, dulce, siempre correcta ante la sociedad e inteligente.
El problema era que Ernesto –que así se llamaba aquel sujeto– exigía de Andrea una sumisión extrema y una entera disponibilidad para todos sus caprichos.
Un tipo de relación totalmente fuera de lugar hacía ya muchos años y que acabó por dinamitar la relación. Las mujeres actuales más que princesas desean ser guerreras, o al menos una conjunción de todos estos valores.
Juan no entendía que existiesen aún hombres con esa escala de valores y cuando se encontraba algo así –como los casos de Pedro y Ernesto– lo achacaba siempre a un fracaso de nuestro sistema educativo.
La experiencia de Juan era totalmente contraria a lo que había tenido que sufrir Andrea, él había mantenido una relación extraordinaria que solamente se había truncado por una fatalidad y –ahora– tres años después había aprendido a vivir con ello.
Los dos parecían –desde sus distintas experiencias– comprenderse y compenetrarse bastante bien y comenzaban a confiar el uno en el otro.
Comenzaba a refrescar y Andrea no pudo reprimir un escalofrío que no pasó inadvertido para Juan.
Le ofreció su cazadora y aunque –en un primer impulso– ella la rechazó educadamente, no se opuso a un segundo intento ante la insistencia de él pues realmente tenía frío.
Juan le colocó la chaqueta sobre sus hombros y ella agradeció el gesto cogiéndole del brazo y arrimándose a él para compartir el calor de sus cuerpos.
Aquel paseo les había llevado a las puertas del Retiro y aunque era un recinto cerrado a esas horas, ellos conocían –al igual que muchos madrileños– una pequeña brecha al oeste de la valla, por la cual penetraron y así disfrutar del parque en soledad.
Ninguno de los dos parecía tener prisa por acabar aquella curiosa cita, ella porqué –después de mucho tiempo– volvía a sentirse segura al lado de un hombre y él porqué –también después de mucho tiempo– había conseguido dejar atrás una sensación de infidelidad que –evidentemente– no tenía ningún sentido.
Se sentaron en un banco con el lago a la vista, y así, acurrucados el uno contra el otro permanecieron durante un buen rato totalmente en silencio, diríase que cada uno –para sus adentros– intentaba comprender el significado de aquella situación -si es que significaba algo– y las consecuencias que podrían surgir de aquello.
Ninguno quería romper el silencio, no entendían porqué pero se sentían bien así, como si cada uno de ellos ejerciese sobre el otro un halo protector que los aislaba del resto del mundo.
Aquel momento –que les pareció hermosamente eterno– fue, al fin, interrumpido –muy a su pesar– por Andrea.
Se incorporó –separándose levemente de él– y dejándose llevar por su corazón acercó sus labios a los suyos y le besó.
Juan –todavía aturdido– se disculpó por dejarse llevar por sus emociones en respuesta a su beso, pero ella le hizo callar y volvió a besarle otra vez.
Aquellas dos almas –sin rumbo fijo– parecían haber encontrado el uno en el otro, confianza, sinceridad y lealtad.
Eran ya las cuatro y media de la madrugada y aún quedaba un buen trecho hasta el ático así que comenzaron el camino de vuelta, todavía abrazados, aunque ya no sentían tanto frío.
En el camino de vuelta Andrea le confesó que era su cumpleaños y que tenía la sensación de haber recibido un gran regalo de la mano del destino.
Era veintitrés de junio, había luna llena y Juan no se creía lo que acababa de suceder, pero estaba viviendo un momento de extrema felicidad.
Montmartre
Cuándo te enfrentas con algo irremediable es normal quedarse paralizado, sin palabras, pareciera que el mundo se hubiese detenido, o al menos “tu mundo”.
A veces –pasado un breve lapso de tiempo– tu mundo se reinicia, asumes lo ocurrido, aprendes a vivir con ello o simplemente no tienes más opción que beberte tus lágrimas y seguir adelante.
A veces –aunque pasen varios años– tu mundo sigue en pausa, esperando –sin saberlo– algo que te indique cual es el camino a seguir, como afrontar el siguiente paso en tu vida.
Seguir adelante es duro y si estás solo aún más, por eso importa tanto –en esos momentos– tener a tu alrededor un buen puñado de amigos en los que apoyarte. Con los que compartir, en los que confiar y a veces –muchas veces– es suficiente con que solamente acepten disfrutar de un buen café contigo.
Tres años después –dos mil treinta– su mundo seguía totalmente paralizado y solamente conseguía sostenerse –a duras penas– sobre dos pilares, los únicos dos pilares que le quedaban, sus amigos y su hija.
Aquella pequeña era –al mismo tiempo– una bendición y una triste evocación de los tiempos felices que había vivido, un recuerdo constante de aquello que había perdido.
Aquellos tres años serían –pasara lo que pasara en el futuro– inolvidables, ocuparían por siempre una porción de su corazón.
Habían compartido su primer viaje a París, una semana de largos paseos –cogidos de la mano– por los infinitos parques y alamedas de la ciudad.
Los puentes sobre el Sena, Notre Dame, la torre Eiffel, todos esos lugares fueron testigos de su felicidad pero era Montmartre –en lo alto de la colina– ese lugar rebosante de artistas y bohemios, el que identificaron como especial e inolvidable para ellos.
Todo aquello no era más que un recuerdo –precioso si– pero un recuerdo, y ahora era el momento de enfrentar la vida sin su presencia, cada día al despertar se decía a si mismo siempre las mismas palabras, “María ya no está”.
Como si tuviese que convencerse cada día y recordarse a si mismo cual era la realidad para distinguirla de sus sueños.
Se levantaba y se dirigía hacia la camita del otro lado de la habitación y observaba –sin hacer ruido– como aquella preciosa niña –con los ojos de miel de su madre– respiraba profundamente, confiada, no siendo consciente todavía de cuan trágica había sido su llegada a este mundo.
Después de ese momento de puro amor que le dedicaba a su hija todos los días, bajó las escaleras y atenazado por una cierta congoja, comenzó a preparar el desayuno para ambos.
Encendió la televisión y sintonizó el canal oficial de noticias nacionales para dar un pequeño repaso a lo ocurrido durante el día anterior –o lo que querían que pensáramos que había ocurrido– pues en cuanto ella se despertase esa televisión dejaba de escupir la angustiosa y falsa realidad diaria para mostrarnos los más maravillosos cuentos de la factoría Disney.
El sonido –tan bajo para no despertar a su hija– no conseguía ahogar el volumen de sus propios pensamientos, de sus propios recuerdos que cada día tenían un lugar especial a esa hora de la mañana, esa hora en la que solamente estaban él y ella.
De pronto escuchó una vocecita “papi, papi, ¿dónde estás?
Comenzaba el día.
Dos hombres
La empresa había cumplido –a duras penas– los plazos pactados con el Gobierno para el desarrollo de las aplicaciones de control y seguimiento, como ellos las llamaban.
Comenzaba ahora la segunda fase, que se planteaba como una prueba piloto que se circunscribiría a la Provincia de Madrid –las Comunidades Autónomas eran un sistema del pasado– y cuyos hitos mas importantes serían primero el reparto de códigos según el rango de utilización, el segundo una breve explicación de funcionamiento dada su sencillez y tercero –y último– la puesta en marcha del sistema, en total dos semanas para el despliegue al completo.
Una vez que comenzase a funcionar el sistema, habían calculado que pasarían unas dos semanas hasta que pudiesen disponer de datos fiables de mas del ochenta por ciento de los siete millones de personas que habitaban la provincia.
El sistema era muy sencillo, una única aplicación configurada internamente según el tipo de usuario y adaptada a cada uno de los once Ministerios.
Los diferentes tipos de usuario se determinaban con los códigos que otorgaba el Gobierno a través del Ministerio de Presidencia.
Toda la población de la provincia –mayor de dieciocho años– debería instalar esta aplicación en sus dispositivos en un plazo de cuarenta y ocho horas desde su puesta a disposición en las tiendas de Apple, Google o de la recién creada Naap –Nacional aplicaciones–, pasado este plazo se podrían imponer multas que partían desde los mil quinientos euros y que podrían desembocar en penas de cárcel para quien se negara a su instalación.
El sistema era sencillo, la población tenía que volcar en su app todos sus datos y cada terminal debería estar geolocalizado en todo momento.
El segundo escalón era el de los Agentes de Finca –por ley todas las fincas volvían a tener un portero o Agente de Finca– que con su código específico disponían de acceso a las fichas de los vecinos de su finca y de módulos específicos para redactar informes personalizados sobre ellos.
El siguiente escalón era el de los Agentes de Barrio, un nuevo filtro y una primera revisión de informes y –en su caso– corregir o añadir información.
Cada Ministerio tenía acceso a todos los datos generales y a datos específicos en relación a la función de cada uno.
Por último el omnipotente Ministerio de Presidencia disponía de acceso total y cruzaba datos de todos los usuarios.
Este sistema enlazado a su vez con el control de pagos telemático de la banca -que después de las últimas OPAS había quedado conformado por solamente dos bancos– hacía que el control fuese absoluto.
Recorridos controlados por GPS, datos de compras, gastos, ingresos,… todo, absolutamente todo.
Este programa piloto –que Juan acababa de detallarle a María y su hermano– se ponía en marcha en diez días.
Ese era el margen que tenía Luis para quedarse en Madrid, de lo contrario en alguno de los niveles aparecería un informe comunicando su presencia allí y por tanto su localización.
Y como parecía que el incidente de la Plaza de la Quintana estaba casi olvidado los tres coincidieron en que era mejor que Luis volviese a Santiago antes de que comenzara a funcionar el nuevo sistema por mera precaución.
Para la empresa de Juan este encargo había supuesto una importante inyección de liquidez y fue acompañado de suculentos sobresueldos para conseguir cumplir con los plazos establecidos.
Además suscribieron un importante contrato para el seguimiento, actualización y mantenimiento de las aplicaciones diseñadas con una duración de diez años.
Eran las diez de la noche y les quedaba una hora para dar cuenta de la cena que habían encargado en el McDonald’s de la calle de Esparteros.
No eran muy aficionados a este tipo de comida pero era tarde y no querían alejarse mucho de casa.
Luis –después de escuchar la explicación de Juan– estaba visiblemente preocupado, siendo Catedrático de Historia y habiendo estudiado e investigado sobre el pasado, las guerras, las revoluciones, las ideas y las controversias de los pueblos no podía entender como todavía éramos capaces de desatar los demonios de la intolerancia, el fanatismo, el racismo, la pobreza, la xenofobia y el autoritarismo.
Acordaron que Luis se iría el próximo sábado, cinco días antes de que comenzara el nuevo sistema.
Cambiaron de tema y Luis aprovechó el resto de la cena para confirmarles –porque su hermana se lo había preguntado– que su relación con Antonio marchaba muy bien y que –a pesar de los tiempos que corrían– podía proclamar que eran felices.
Antonio –músico y pintor principalmente– estaba ultimando una exposición de sus más recientes obras en el Guggenheim de Bilbao y estaba realmente entusiasmado y deseando que comenzase cuanto antes.
De vuelta en casa acomodaron a Luis en el sofá y subieron a su habitación para acostarse.
Antes de que les venciera el sueño María le comentó a Juan si se había percatado de la cara de admiración y el brillo que se veía en los ojos de su hermano cuando hablaba de “su” Antonio.
Si, él también se había dado cuenta, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él para darle un largo y sensual beso de buenas noches, pero ella no estaba dispuesta a que aquello se quedase en un único beso.
Luis
La primavera madrileña se caracteriza por sus frecuentes cambios de humor, a veces alegre con un sol radiante y un rato después su ánimo decaía bajo un gran chaparrón.
Anochecía y acababa de caer la mundial sin previo aviso, Luis –que estaba calado hasta los huesos– intentaba llegar hasta la calle Mayor desde la Plaza de España.
Conocía al dedillo aquellas callejuelas desde niño –se había criado allí mismo– y escogió la ruta más discreta y poco iluminada posible.
Cada veinte pasos volvía su mirada atrás para comprobar que nadie le seguía. Su expresión no dejaba lugar a dudas, estaba realmente atemorizado y era por eso que necesitaba llegar a su destino, a su único lugar seguro en aquella ciudad.
Después de media hora de requiebros por aquellas viejas calles de piedra, siempre alerta, siempre vigilante, por fin se encontraba en la calle Mayor a la altura del número once.
Se situó en la acera de enfrente y esperó unos diez minutos comprobando el discurrir de las personas calle arriba y calle abajo, no quería que nadie pudiese vincularlo con el portal al que quería acceder.
Una vez que tuvo claro que nadie le había seguido y que a los transeúntes su presencia le resultaba indiferente cruzó la calle apresuradamente y pulsó el botón del Atico A.
Bajó su cabeza encapuchada escondiendo su cara para no ser reconocido a la espera de que le abrieran el portal.
De pronto sonó la voz adormilada de María; ¿quién es? se escuchó.
Luis –sin alzar mucho la voz le contestó– soy yo, tu hermano.
Carlos y Ana llevaban esperando una media hora en la cola del teatro Arlequín, habían decidido ir aquella noche a ver al humorista de moda en Madrid, era de los pocos que habían aguantado el nuevo sistema de censura previa aunque a costa de rebajar el tono del lenguaje utilizado.
Solamente habían conseguido dos entradas después de tres meses al acecho y sus amigos tendrían que esperar una mejor ocasión.
María estaba realmente sorprendida, ¿su hermano en Madrid? ¡pero si vivía en Santiago de Compostela!
Abrió la puerta y allí estaba Luis. Le dio un amoroso abrazo y enseguida se dio cuenta de que estaba empapado. Le hizo pasar y él cerró la puerta tras de si. Estaba a salvo.
En pleno curso académico era muy inusual que su hermano viniera a visitarla a Madrid, había que tener en cuenta que era Catedrático de Historia y ejercía en la Universidad de Santiago de Compostela y esto le suponía faltar a su puesto de trabajo.
María esperaba una explicación urgente porque por la forma en que se había presentado y el nivel de nerviosismo que mostraba, intuía que algo malo estaba pasando.
Además había venido solo –algo insólito– cuando siempre le acompañaba Antonio –su pareja–.
Se sentaron con un café caliente delante y Luis comenzó a explicarle la situación.
El cambio que se estaba experimentando en la Administración –representada por la Guardia Nacional– iba acorralando poco a poco a las minorías de todo tipo y en lo concerniente al colectivo gay, la marea reaccionaria se estaba convirtiendo en un tsunami.
En el imaginario popular se decía que se había reabierto el Hospital de Conxo como centro psiquiátrico y que allí estaban encerrando a algunos destacados activistas del movimiento gay.
Luis por su posición –un catedrático de renombre– estaba constantemente controlado por la Guardia Nacional pero por el momento era intocable.
El pasado fin de semana Luis y sus amigos estaban de camino a sus casas –en la parte alta de la zona vieja de la ciudad– cuando se tropezaron en la Plaza de la Quintana, –para quien no la conozca es una plaza cuadrada con entradas por sus cuatro esquinas, y fácilmente controlable por los guardias–, con un destacamento de la Guardia Nacional y los insultos y vejaciones de estos desembocaron en un batalla campal.
Hubo varios detenidos y un Guardia malherido.
En medio de la confusión generada Luis consiguió escapar y esperaba que ninguno de los Guardias Nacionales lo hubiese reconocido.
Al día siguiente solicitó unos días libres en su Facultad y salió –con un salvoconducto que siempre tenía al día– hacía Madrid.
Pretendía pasar unos días en casa de su hermana hasta que se calmaran las aguas en Santiago.
María no daba crédito a lo que estaba ocurriendo y sobretodo la rapidez con la que se estaban generando todos estos cambios en el país.
El control de la Guardia Nacional se extendía implacable por todo el territorio nacional y la convivencia se iba haciendo cada día mas difícil y el ambiente mas irrespirable.
La vida sigue
Necesitaban su tiempo, más tiempo uno al lado del otro y dadas las circunstancias y los problemas para desplazarse tenían que exprimir al máximo las horas que le quedaban a aquel domingo.
Habían declinado la invitación de sus amigos para poder pasar este día ellos solos, sin planes definidos, sin ningún lugar que visitar, solamente estar juntos y deambular por la ciudad disfrutando de sus vidas.
Un par de años antes hubiesen estado en algún remoto lugar gozando de alguna experiencia única como volar en parapente, haciendo escalada o montando en globo, sin embargo ahora –después de todo lo ocurrido– comprendieron que lo único realmente importante, no era lo que hacían, sino hacerlo juntos, unidos.
Por eso el mero hecho de poder pasear tranquilamente cogidos de la mano les parecía algo maravilloso.
Disfrutar de lo simple al lado de la persona que quieres y que te importa.
La noche anterior el Uber hizo solo dos paradas, la primera para dejar a Carmen y Xavi en su casa y la segunda –imprevista– fue en casa de Ana.
Fue una decisión casi espontánea, cuando el coche se paró delante de su casa Ana se volvió hacia Carlos y acercándose a él –evitando que el conductor la escuchase– le susurró al oído; quédate esta noche.
Se despidieron del conductor y entraron en el portal.
Ana vivía en un décimo piso y el ascensor era lento, demasiado lento y para cuando se abrieron las puertas nadie salió de el.
La casualidad –o la fatalidad– puso a la señora Josefa –vecina de Ana– justo en aquel momento delante de la puerta del ascensor con la bolsa de basura en la mano y acertó a gozar del espectáculo que se desplegaba ante sus ojos.
Los rizos pelirrojos de Ana –delicadamente alborotados– caían sobre su cara y –aún vestidos– los dos estaban enlazados en un abrazo repleto de pasión y sensualidad.
Al ver a su vecina, Ana se recompuso enseguida y visiblemente ruborizada arrastró a Carlos cogiéndolo de la mano al interior de su casa y una vez se hubo cerrado aquella puerta se desbordaron sentimientos, afectos y emociones largamente sofocados en su interior.
A duras penas consiguieron recorrer el largo pasillo hasta llegar a la última habitación al fondo de la casa.
Allí –en esa habitación– se acabaron fundiendo en un largo baile de abrazos, besos y caricias que se prolongaron durante horas.
Si, daba la impresión de que se habían enamorado.
Eran las diez de la mañana, Juan y María esperaban en la nueva chocolatería del Pasadizo de San Ginés para desayunar con Ana y Carlos.
Habían quedado allí para luego acercarse a la Fuente de Neptuno para asistir a una exhibición de Fórmula I en la que estarían –luciendo sus coches y habilidades– el mexicano Checo Pérez y nuestro Fernando Alonso.
Diez y media, sonó el móvil, era Carlos disculpándose por la tardanza. Venían de camino.
Cuando colgó –Juan– esbozó una sonrisa y le comentó a María; parece que estos dos han tenido una noche movidita, me alegro por ellos, la verdad.
Quince minutos después –doblando la esquina– aparecía la nueva pareja cogidos de la mano, sonrientes y evidentemente felices.
Se saludaron y enseguida Ana hizo un aparte con María y le contó algo de lo que había ocurrido anoche.
María le dio un gran abrazo y se alegró al ver a su amiga realmente feliz después de tanto tiempo.
Como buenos amigos que eran los cuatro siguieron charlando y cuando salió a colación doña Josefa y el ascensor se partían de risa al imaginar como a la pobre señora parecían salírsele los ojos de las órbitas.
Los churros y el chocolate no se podían comparar a los de la antigua San Ginés pero era lo que había.
Salieron hacia Neptuno, iban caminando Ana y María delante y los chicos detrás.
Carlos le iba comentando a su amigo que había tenido mucha suerte con Ana y que a medida que la había ido conociendo durante estos dos últimos años se había enamorado sin remedio.
Ya iban tarde y en consecuencia no consiguieron un buen sitio para ver el espectáculo pero se lo pasaron bien de todos modos.
Tenían ante si al último Campeón del mundo de Fórmula I –Alonso– y el subcampeón –Pérez– en dos mil veinticinco fue la primera vez en la historia que los dos primeros clasificados eran hispanoamericanos, un nuevo hito para el deporte español.
Las diez de la noche, Carmen y Xavi entraban –con evidente desgana– en la estación de Atocha, a las diez y media salía el último AVE para Barcelona.
De pronto, tras una columna emergieron –por sorpresa– sus cuatro amigos que venían a despedirse y de paso a acompañar a Carmen a su casa.
Se abrazaron los seis y agradecieron el magnífico fin de semana que habían podido disfrutar todos juntos.
Xavi les adelantó que su traslado estaba bastante avanzado y que pudiera ser que en la próxima visita pudiese quedarse definitivamente lo que supuso una gran noticia para cerrar aquel fin de semana.
En el último momento todos se gritaron ¡que volvamos a vernos!