Javier Ledo Javier Ledo

Aquella noche en la playa

La noche había sido larga, –muy larga- se acercaba el alba y la playa estaba completamente desierta.

Las últimas estrellas iban desapareciendo del firmamento a medida que iba clareando la línea del horizonte.

El mar se comportaba como una gran mancha de aceite, inmóvil, sedoso, un privilegio para la contemplación solitaria.

Curiosamente –en pleno invierno– la arena de la playa, aún a esas horas, conservaba un tacto cálido, acogedor.

La noche había sido larga y solitaria, había vivido el ocaso a sus espaldas, con el mar frente a el y aquella dorada arena bajo su cuerpo.

Ahora era el momento de presenciar –una vez más– aquel momento brujo de la alborada.

Después de las horas de oscuridad, –de introspección– resonaba en su interior esa lucha entre la esperanza y la realidad, el deseo y la frustración.

Levantó la vista y el incipiente resplandor que asomaba tras la linea del horizonte le obligó desviar la mirada.

Aquel rayo de sol no consiguió avivar su esperanza, la realidad de la playa solitaria se imponía a cualquier otro anhelo.

Comenzaba a sentir la calidez de la mañana sobre su piel y en cualquier momento asomarían –de entre las dunas– los primeros turistas del día.

La brisa emprendía ya su viaje hacia el interior de la isla y le provocó un repentino escalofrío que dejaba claro que aquella noche en la playa no había pegado ojo.

No había nadie con quien hablar, nadie con quien dar un paseo a la orilla del mar.

No había nadie.

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Desirée Glez Desirée Glez

Querida vejez

Tú, vejez implacable cual arruga acusadora del pasar de los años…

Tú, que pones a cada cual en la casilla de final de partida, tú que sonríes sin miedo a la muerte y te atreves a desafiarla.

Osamos romantizarte, y en el mejor de los casos de romántico solo queda la nostalgia de tiempos añorados. Los surcos del tiempo en el traje que ya no da más de sí, nos grita que el calor del sol, es de lo poco que lo acaricia… y no por no desear un abrazo de esos que reinician el ser, sino porque ya no hay nadie que se permita hacerlo porque sí, porque nace, porque es un signo de agradecimiento, por el aprendizaje, por guiar tus pasos para convertirte en la persona del hoy.

No es eterno contar con esas manos que te enseñaron a caminar, que te acompañaron a comprarte tus primeras chuches, están ahí por tiempo limitado, y si…. ya están arrugadas doloridas con ganas de descanso, pero estuvieron ahí sirviendo de apoyo, con eso es con lo que nos quedamos.

Tú, que no nos permites disfrutar plenamente de lo atesorado en el tiempo, porque las heridas tanto del alma, como del traje de vida, hacen arrastrar los sueños cual carga pesada.

Ley de vida le llaman, pero que Ley condena tan vilmente a esta soledad sin sentido, a esta quietud sin ser llamada, a ver borroso el corto camino por andar, sin aliciente más que el encuentro en un más allá con las almas que un día nos dieron la fuerza y el sostén en nuestros días de luz.

Tú, vejez… no te reclamo, sé que si llego a ti es porque he logrado sueños, he visto crecer amor entre mis brazos, estos que hoy son débiles…. gracias a tanto que sostuvieron.

Gracias, por dejar que conozca el valor de una vida con todo, con todos sus colores… con todos sus amores, te abrazo y te acepto.

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Javier Ledo Javier Ledo

Somos

Autenticidad o apariencia, ser o parecer.

Diariamente nos movemos en esta dicotomía entre la autenticidad o el deseo de ser aceptados.

El ser está arraigado en nuestros más profundos valores, es lo que permanece cuando nadie nos ve, lo real, lo profundo, nuestra propia verdad.

El ser es ese lugar donde vivimos nuestra intimidad y que a pocos le mostramos, ese lugar en el que lloramos, o en el que íntimamente nos alegramos cuando conseguimos nuestras metas mas deseadas.

A veces damos con personas –almas– con las que compartir esta zona íntima de nosotros mismos y con las que nos entrelazamos sin casi percibirlo.

Son esas almas mágicas que irradian una sensación de cercanía difícilmente comprensible y totalmente inexplicable.

Esto nos ocurre muy pocas veces en la vida y por eso lo valoramos tanto, por eso nunca nos parece demasiado el tiempo que compartimos.

En el día a día hemos de reconocer que somos más de apariencia, mas de buscar la aceptación y como tal propósito solemos presentar una máscara que oculta nuestro verdadero ser.

La búsqueda del reconocimiento social, de la sensación de “encajar” nos lleva a corromper –en mayor o menor medida– nuestro propio ser.

La diferencia crucial radica en la autenticidad.

Mientras que el ser busca expresar lo genuino, el parecer –a menudo– prioriza lo que es agradable a los ojos de los demás.

Pero una vida basada únicamente en parecer es superficial y tremendamente agotadora.

En cambio, ser permite encontrar plenitud y libertad, al no depender de validaciones externas.

Básicamente podemos asimilar el “parecer” directamente con la mentira lo cual nos impele a convertir una parte importante de nuestra vida en un teatrillo, en una pequeña farsa.

Esto puede derivar en una existencia vacía, ansiosa o insatisfactoria, pues tu energía se enfoca en mantener una fachada en lugar de nutrir nuestra esencia.

Ser o aparentar, si conseguimos alinear lo que proyectamos con lo que realmente somos conseguiremos conciliar estas dos realidades que nos definen.

P.D.: Mejor es ser que parecer.

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Javier Ledo Javier Ledo

Sus ojos, tu mirada

Sus ojos, tu mirada, un encuentro furtivo, una intimidad deseada pero casual, ¿preludio de algo mas íntimo?

Sus miradas habían iniciado un profundo diálogo sin permiso, en silencio, pero diciéndoselo todo.

La mirada es el espejo del alma y aquellas almas –sin siquiera acercarse– se prometieron un beso que los atravesaría cual saeta.

Su mirada, tus ojos, se estudian, se retan, se acercan y se separan pero nunca se invaden.

Expresan sin una sola palabra todo aquello que pugna por salir de sus corazones y que no saben como expresar.

Sus ojos, tu mirada, se encuentran, se entrelazan y dan rienda suelta al deseo, la curiosidad, es una conexión que va mas allá de lo meramente físico.

Ese formidable entrelazamiento, ese primer contacto visual, es un beso invisible, fortuito, un roce que augura algo más.

Su mirada, tus ojos, rompen barreras, crean un instante cómplice, desnudan emociones y besan con intensidad.

Cuando esas miradas se besan se entregan sin reservas, se dejan descubrir, se vuelven vulnerables.

En ese instante, en ese momento no hay espacio para la mentira, la sinceridad brota a borbotones en un intercambio de sincera admiración mutua.

Sus ojos, tu mirada, se apropian de lo que las palabras no alcanzan a describir, la ansiedad del primer encuentro, la ternura de cada momento compartido o la pasión que aún no ha encontrado su cauce.

Incluso cuando un amor no es correspondido, los ojos besan.

Se despiden con una larga mirada y sostienen en el aire un “te amo” que nunca será pronunciado.

Son besos reales que no precisan del contacto físico, viven en el terreno de las emociones.

Su mirada, tus ojos, preparan el terreno, exploran, las posibilidades, se encuentran, sellan pactos en silencio, pactos del alma.

Son los primeros amantes, son los que inician los verdaderos amores y son los que dan rienda suelta a ese primer beso de los labios.

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Javier Ledo Javier Ledo

El lago

Se intuía la cercanía del ocaso pues el sol se apresuraba en su viaje al fondo de la línea del horizonte.

Comenzaban a teñirse las nubes de un particular matiz rojizo como jamás había tenido la ocasión de disfrutar.

La suave brisa –con su frescura– mecía levemente las ramas de la arboleda que rodeaba el lago provocando a su vez un sutil vaivén de ondas en su superficie.

Asomaba ya, la natural melodía acompasada de centenares de grillos dando la bienvenida a la atrevida luna llena, –luna– que venía dispuesta a luchar por su lugar en el firmamento haciendo claudicar al maravilloso sol que había reinado durante todo ese día de otoño.

La manta, extendida sobre la hierba –delante de aquella pequeña cabaña– servía de improvisado refugio bajo el manto de las incipientes estrellas.

A un lado una bailarina hoguera proyectando danzarinas sombras que chisporroteaban sin cesar.

El ambiente era el ideal para compartir un delicioso chocolate caliente, de esos que se desean como si de un antojo se tratase.

En aquel momento –detenido el tiempo– le susurraban sus sueños, sus recuerdos y sus deseos, como si aquel lago –extendido a sus pies– hubiese resguardado sus secretos hasta ese momento.

El silencio, el paisaje y la paz envolvían aquel instante.

Algún chapoteo ocasional de algún pez rompiendo la superficie le recordaba que estaba allí y que compartía ese momento con los seres de aquel pequeño lago perdido en medio de las montañas.

En un breve espacio de tiempo se recostó y pudo observar –desaparecido ya el sol– un infinito manto de estrellas que, –según la tradición del lugar– eran sostenidas en el firmamento por miles de manos, esas que ya no estaban aquí.

Se incorporó para paladear un nuevo sorbo de chocolate –aún humeante– y se percató de la guitarra que estaba a su lado –abandonada a su suerte– silenciosa pero dispuesta siempre a emocionarnos.

Se aferró a ella y susurró –junto a un breve rasgueo– las primeras palabras que –sin darse cuenta– ocupaban su mente, y su corazón, desde hacía ya unas horas.

Desearía que estuvieras aquí.

Ojalá quisieras estar aquí.

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Javier Ledo Javier Ledo

I want to hold your hand

Quisiéramos tener todas las respuestas, todas las soluciones, todas las certezas del futuro pero eso no es posible.

La vida es riesgo, es decidir cada día, y afrontar las consecuencias de cada una de esas decisiones.

Es aventura, es alegría, es,… todo lo queramos que sea si nos lo proponemos.

Todo lo que queramos que sea si luchamos por ello.

Todo lo que queramos que sea si estamos dispuestos a defender esas decisiones.

A veces tenemos las respuestas y solamente necesitamos –deseamos– que alguien nos haga las preguntas adecuadas, esas que implican riesgos, compromisos, pero al mismo tiempo la oportunidad de reencontrarte con la felicidad.

Quieres coger su mano, sentir su calidez, rozar suavemente su piel y que este leve encuentro estremezca tu vida.

Que te haga olvidar aquellos tristes momentos, que te acompañe hasta los maravillosos días que están por venir.

Que comparta contigo tus nuevas aventuras, la delicia de un paisaje, una laguna en lo alto de la montaña o un bullicioso rio corriendo hacía el mar.

Quisiéramos tener todas las respuestas, pero nuestra vida sería mucho mas insípida si nos desprendemos de lo inesperado, de lo fortuito aunque esto suponga darle una oportunidad a la tristeza.

Quisiera coger su mano, estrecharla contra mi pecho, sentir su fuerza, su determinación y recorrer una bonita senda.

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Javier Ledo Javier Ledo

Esa mirada

Es un instante de pura magia, una conexión tan profunda y súbita que parece estar escrita en un lenguaje que solamente entienden algunas almas.

Es ese momento en el que tu mirada se encuentra con la de una desconocida, y de pronto todo lo demás se desvanece: el bullicio, las voces, el mundo mismo, como si el tiempo conspirara para regalarte un momento eterno.

Es esa chispa de un reconocimiento inexplicable, una certeza cálida en el pecho que te dice que esa persona, desconocida y a la vez extrañamente familiar, tiene un lugar especial en tu historia.

Es como un susurro del destino que irrumpe en medio del ruido de tu anodina vida cotidiana.

No es solamente una mirada; es una revelación.

Es como si en ese segundo vieras no solo a la persona que está frente a ti, sino también las posibilidades, los sueños, los anhelos que podrían germinar entre ambos.

Es el latido acelerado que te recuerda que estás vivo, la sensación de que todo lo que alguna vez soñaste se ha materializado frente a ti.

Inesperado, si, quizás imperfecto, posiblemente, pero vívidamente real.

En ese mínimo instante, los colores parecen más vivos, el aire más ligero y tu alma –de alguna manera– más completa.

No necesitas palabras ni explicaciones; es un milagro sencillo y profundo que deja una huella imborrable en tu corazón.

La razón no juega este partido, no te importa su nombre, su historia o el sonido de su risa.

Lo único que sabes es que algo en ella te atrae con una fuerza casi magnética, como si siempre hubiera sido una parte perdida de ti mismo.

La sensación es efímera y eterna a la vez.

No va más allá de un momento, pero su intensidad te marca, como si ese cruce de miradas llevara consigo una promesa, un inicio.

Es como si el universo hubiera conspirado para que ambos estuvieran en ese lugar, en ese preciso instante, y se tornara en tu cómplice susurrándote: “Ahí está”.

El amor a primera vista es una advertencia de que –en un mundo lleno de casualidades– aún puede existir la magia, ese milagro irracional –como todos los milagros– que te hace creer, aunque sea por un mínimo instante, que las almas están destinadas a encontrarse.

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Desirée Glez Desirée Glez

El lugar de los sueños

Llévame hasta tus sueños, no me dejes atrás –esos sueños– en donde no nos importe el día o la noche, en donde convertiremos el frío en la excusa perfecta para resguardar nuestros corazones, y en donde sus latidos acompasados se compartan en un cálido susurro.

Hablemos bajito y respiremos alto, compartiéndonos, no permitamos que el maldito reloj con su inapelable tic tac nos obligue a despertar de esa maravillosa conjunción que conformamos en este momento.

No deseamos –en este trance– despertar a la vida, despertar a la rutina.

Como bien nos enseñó el poeta, “los sueños, sueños son” y por nada de este mundo queremos llevarle la contraria, porque este momento es nuestro sueño, nuestro anhelo.

Aquí nos encontramos tu y yo como piedra de toque de ese mágico destino, no conseguimos explicar como hemos podido encontrarnos.

Así que tejamos un mágico edredón que nos evite volver al pasado, emprendamos este viaje –juntos– sobre él como si de una alfombra mágica se tratase y que al igual que a Sherezade –en las Mil y una Noches– nos lleve hasta maravillosos lugares, en donde todo sea posible, en donde cada pensamiento, cada deseo pueda ser –mágicamente– alcanzado.

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Javier Ledo Javier Ledo

Un beso

Amanecemos a esta vida al compás de un grito de auto afirmación, un lloro desgarrador que se acalla con un primer beso.

Un beso de bienvenida, un beso calmado, suave, que destila amor de madre.

Recibiremos muchos mas de estos, el día de nuestra primera papilla, cuando por fin dejamos atrás los pañales, al dar nuestros primeros pasos y cuando consigamos manejar con cierta destreza un tenedor y un cuchillo.

En los siguientes años seremos el blanco preferido de todas las tías, tíos, abuelas y amistades de la familia hasta el punto de casi llegar a aborrecer el mero atisbo de un beso familiar.

Pasada la adolescencia –donde rehuimos semejante barbarismo– llega el momento de aunar los besos y los sentimientos.

Curiosamente suele ser ese momento donde afrontamos nuestro “primer” beso.

Nos referimos a ese beso iniciático, ese beso que define –al mismo tiempo– nuestra declaración de independencia y nuestra llegada a un mundo atiborrado de sentimientos, sensaciones y locuras.

Ese beso emocionado, tímido, abrumadoramente inexperto será uno de esos que nunca se olvidan, recordarás el lugar y las circunstancias precisas para toda tu vida.

Habrá –casi seguro– más primeros besos y otros que nunca llegarán.

Luego se nos presentan los besos apasionados, esos que nos arrebatan, que nos llevan en volandas a lugares inimaginables, que irremediablemente saborearemos cerrando nuestros ojos, para de esta forma asemejar cada uno de estos besos con un sueño irrealizable que se hace realidad por un instante.

Hay besos para cuando vuelves a ver a alguien querido, son besos alegres, dicharacheros y juguetones, besos que expresan felicidad, bienestar o cariño.

Hay besos para las despedidas, que navegan en medio de un mar de lágrimas cada vez que vemos alejarse a nuestros seres queridos.

Hay besos para las celebraciones, también envueltos en lágrimas pero estas solamente expresan felicidad y alegría.

También tenemos los besos de la rutina –no por eso menos importantes– son los de los buenos días, las buenas noches, los de llegar a casa y ver que todo lo que queremos, todo por lo que luchamos cada día sigue allí, en su sitio.

Nuestra vida –si lo pensamos bien– está llena de maravillosos momentos que se sustentan sobre un beso, un beso filial, un beso enamorado o quizá un beso comprometido.

Pero también hay besos que nunca quisiéramos dar.

Son los besos de despedida, esos que solamente se dan una vez y no obtienen respuesta, son esos besos gélidos arrasados por las lágrimas y que al igual que el primer beso siempre recordarás.

No podemos ni imaginar como sería nuestra vida si no existiesen los besos pero seguro que sería una existencia gris y anodina.

Lo besos –de cualquier tipo– hacen de nuestra vida un maravilloso viaje digno de realizarse.

P.D.: Siempre estamos esperando/deseando el siguiente beso.

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Desirée Glez Desirée Glez

Que no daría yo

¿Cómo medimos nuestro tiempo?

Y no, no me refiero a lo obvio ahora que comienza el nuevo año,… es un claro ejemplo de medición, nos referimos a él para cumplir y celebrar años.

Medimos –de esta manera– quienes somos, nos atrevemos a juzgar a otros, incluso a nosotros mismos, solamente por el acúmulo de este tiempo, de estos años.

Quizá un sistema de medida mas real sea el de nuestras propias heridas, nuestras lágrimas o nuestras frustraciones.

Si me dieran a elegir, yo preferiría medir el tiempo por la duración de un beso, ¿a cuanto tiempo equivale un beso, un abrazo o un hasta pronto cuando nos alejamos perdiéndonos en el horizonte?

Todos nosotros somos como un hilo que une, que cose cada “hasta mañana”.

Al principio no somos más que nueve meses de espera para convertirnos –pasado el tiempo– en una cita de sábado noche, una canción dedicada con serias intenciones de unir, de coser algo más que el propio tiempo.

Al final el tiempo –nuestro tiempo– es esa costura suave y resistente a la vez de todos nuestros momentos entrelazados con los momentos de nuestros amigos, nuestro amor,…

Esa amalgama de momentos que es nuestra vida, –ese tiempo– nos arropa y nos protege como si de un pequeño pañuelo se tratase.

El tiempo,… que efímero, que valioso y, –cuando es compartido– que eterno.

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