Javier Ledo Javier Ledo

Stand By Me (Quédate a mi lado)

Al difuminarse la luz del día dejando paso a la soledad de la noche encontró –como cada día– ese momento en medio de la nada.

Ese momento en el que –rodeado de cosas– echaba de menos a las personas.

En su giradiscos de los noventa sonaba aquel vinilo de Ben E. King desgranando el Stand By Me.

Ese Stand By Me –quédate a mi lado– que no encontraba fácilmente un destinatario.

Quería entender, quería comprender la inseguridad que le atenazaba y bloqueaba el envío de ese mensaje, pedir aquella cita o simplemente rozar y coger su mano.

Sus objetos –sus cosas– se le daban mucho mejor, quizá porque con ellos no existía la posibilidad del rechazo, era imposible la frustración o la decepción.

Para él, esos momentos en la vida deberían asemejarse a una obra teatral donde cada frase de uno de los personajes daba pie inequívocamente a la reacción de su contrario y el desenlace se intuía desde el inicio.

Pero la vida no es tan sencilla, ni se ensaya con un libreto predefinido.

Almas gemelas, pueden cruzarse sin siquiera rozarse o aún reconociéndose en sus miradas, no acumular el suficiente valor para coger su mano y sin decir una sola palabra decirlo todo.

Esa es la realidad de la vida –que no es teatro– el deseo, el anhelo no siempre consigue alinearse con nuestra realidad.

En su giradiscos de los noventa aquel corte –Stand By Me– llegaba a su fin y en cada giro seguía pidiendo, quédate a mi lado.

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Javier Ledo Javier Ledo

Arenas movedizas

Sentado sobre aquella roca, al borde del acantilado y con la vista puesta en el horizonte intentaba afrontar sus más profundos temores.

En su mente se agolpaban sus errores enfrentados a sus victorias, y como resultado de aquella desigual batalla lo que tenía ante si no era otra cosa que su vida.

Una vida repleta de momentos felices y otros no tanto, una vida de experiencias únicas y a la espera de vivir nuevos instantes emocionantes y compartidos.

Allí sentado repasaba esos lugares comunes que ansiaba compartir, que anhelaba transitar a su lado.

El temor al siguiente paso era una constante en su vida para el que siempre había confiado en su buena estrella, su destino, el karma o como quiera que cada uno de nosotros lo identifique.

Cada paso, cada decisión en nuestra vida puede implicar una pérdida de lo ya conseguido, un cambio vital que puede derivar en inagotables alegrías o eternas decepciones.

La dualidad era persistente en su vida y sus decisiones conformaban como viviría pasado ese momento de duda, ese momento de difícil decisión.

Una hora después, allí seguía, el día comenzaba su despedida y no había encontrado respuesta a sus dudas, no había decidido que hacer o no se había atrevido por miedo?

La brisa del atardecer y el murmullo de las olas unido a la evidente falta de visibilidad le animaban a volver a su casa, –su refugio– allí donde se sentía seguro y donde posiblemente –inmerso en su rutina– dejaría a un lado decidir sobre lo importante, sobre su vida.

Siempre le había resultado complicado interpretar las señales de la vida, las señales de su entorno, esas que te ayudan cuando estas a un palmo de pisar arenas movedizas.

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Javier Ledo Javier Ledo

Predilecto

El “favorito” –ese que existe en casi todas las familia– es una figura que despierta una amplia variedad de emociones intensas, tanto en quien ocupa ese lugar como en quienes lo observan desde afuera.

Muchas veces, este favoritismo no es elegido, sino impuesto por los padres o familiares, lo que puede crear una carga emocional difícil de sobrellevar.

Desde la perspectiva de los hermanos o primos que no ocupan ese lugar privilegiado, el favoritismo puede generar sentimientos de frustración, tristeza e incluso resentimiento.

La sensación de que el amor se distribuye de una manera desigual puede afectar a la autoestima y al desarrollo de las relaciones en la familia.

Cuando no te encuentras en el pedestal del favorito te preguntas muchas veces ¿acaso no soy suficiente?, creando inseguridades que pueden arrastrarse durante muchos años.

Normalmente este tipo de actitudes por parte de los padres suele ser inconsciente pero puede provocar serios problemas en las relaciones.

El distanciamiento, el rechazo ocasional son consecuencia directa de la situación.

En algunos casos, –pocos– el favorito también sufre porque siente la envidia o el rechazo de sus hermanos, lo que lo deja en una posición incómoda.

Evitarlo es sencillo y difícil al mismo tiempo, se necesita comunicación abierta y sobretodo reconocer el valor personal de cada miembro de la familia.

Cada niño es único y se merece amor, apoyo y reconocimiento por sus propias cualidades.

P.D.: Desgraciadamente, casi siempre hay un favorito.

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Desirée Glez Desirée Glez

Flamenco vivo

Desde que el ser humano tuvo la necesidad de expresarse ha buscado la forma de aflorar todos esos sentimientos que no sabemos cómo gestionar…. y es que el ser… está hecho de pedacitos de estos sentimientos cual puzzle, con su enrevesado sentir…

Hasta que fue aprendiendo que el dolor con un grito –desde lo mas hondo– aliviaba el alma, y que el movimiento hacía soltar el peso de semejante carga… que cuando nadie percibía su existencia,  ahí estaba su cura interna, así comenzó a expresar cantando todo aquello que callaba bajo el yugo y el sudor de un trabajo duro, toda la frustración por ser preso su futuro, sentir que todo alrededor no tenía visos de mejora  y lo único con lo que contaba propio, suyo, íntimo, inquebrantable  era su poder de expresar con su voz, con su cuerpo, haciendo salir –desde las entrañas– todo aquel pesar…

Cantando… cantando su angustia, su alegría, su dolor, su felicidad pero sobre todo expresar de la única forma permitida…

Es ahí desde lo más profundo del ser, de donde nace el flamenco.

Con el desgarro del alma surge lo más hermoso, eso que apreciamos hoy en día, que ha costado mucha marginación, mucha soledad (soleá) profunda y solemne o la seguiriya intensa y emotiva, sin olvidar que el ser es dual, por tanto lo festivo es imprescindible para soportar la parte oscura del vivir.

Salió con sus volantes al campo, donde las flores formaban parte del atuendo y entre risa y risa surge una seguiriya alegre hasta convertirse en la sevillana de hoy.

Da igual que la manera de expresar sea cante, baile, pintura, escultura… todo es arte.

Gracias, gracias, por tanto… gracias por dar lo mejor desde la humildad sin querer impresionar, siendo genios como Camarón o siendo un desconocido que simplemente aprovecha la magia que ha encontrado  para liberar su  poder interno, ese poder que da el saber que  puedo decir tantas cosas  y al mismo tiempo el silencio, ese silencio  envuelto con las notas de una guitarra, que hace que tiemble todos tus cimientos internos  con una canción, con un baile…

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Javier Ledo Javier Ledo

El sur

El sur, da igual en donde estes, da lo mismo desde donde lo invoques, el sur siempre tiene algo especial, siempre tiene un no se que.

En nuestra isla –Fuerteventura– el sur es un mundo de contrastes, a un lado un mar suave, sedoso, amable, donde nuestras playas se ven repletas de niños correteando y padres confiados disfrutando de las extensas llanuras de arena.

Al otro, playas infinitas y solitarias bañadas por el embravecido Atlántico, playas misteriosas, mágicas, en donde un paseo –de mano– bordeando la linea de la marea te reconforta el alma.

El contraste es impresionante, el colorido de las aguas difiere tanto que pareciera que has cambiado de isla.

Cualquier persona que quiera conocer realmente esta isla no puede perderse ningún recodo del sur, sus playas, sus montañas y su magia.

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Javier Ledo Javier Ledo

La balanza

Corazón y cerebro, emociones y razón, mundos opuestos pero esenciales en nuestra vida, inseparables.

El mayor de los desafíos de nuestra vida no es el éxito laboral, no es nuestro ascenso en la escala social es el equilibrio.

Este –equilibrio– depende única y exclusivamente de nosotros mismos, nadie puede ayudarnos en esto.

Reconocer, asumir y graduar nuestros sentimientos evitando que estos nos dominen y tomen el control de nuestras acciones es un buen camino hacia el equilibrio.

No se trata de olvidar o apartar nuestras emociones ni de reprimirlas, tenemos que convivir con ellas de manera saludable.

Entender que las emociones negativas son parte de nuestra vida es un paso de gigante en la búsqueda de nuestro equilibrio.

Alcanzar el equilibrio emocional es un desafío en nuestro mundo moderno lleno de presiones constantes pero es esencial para nuestro bienestar general.

La clave es la consecución de armonizar emociones y razón.

En el ámbito de las relaciones, el equilibrio emocional se traduce en nuestra capacidad de gestionar emociones respetando tanto las propias necesidades como las del otro.

El equilibrio emocional, desde la perspectiva del amor, nos lleva a entregar este amor de manera genuina, sin exigencias, sin imponer condiciones, aceptar las imperfecciones –propias y ajenas– respetando y respetándonos.

Nos permite mantener nuestra identidad y al mismo tiempo construir un vínculo sólido.

Es así como el amor transita de la ansiedad a un lugar compartido y de mutuo crecimiento.

Un lugar de gratitud y serenidad, confianza recíproca y que trasciende a los desafíos propios de las situaciones particulares.

Un amor sereno, equilibrado y compartido es la mejor receta, es el mejor camino que se puede tomar hacia una vida emocionalmente equilibrada.

Amar nuestra vida, a alguien, a nosotros mismos, da igual cual sea el objeto de nuestro amor.

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Javier Ledo Javier Ledo

Otro día

Apenas clareaba el día y en la penumbra de la habitación sonaba “Calling you” de Jevetta Steele, una magnífica forma de comenzar una nueva jornada.

Los cinco siguientes minutos –al ritmo pausado de aquella música– se evidenciaban insuficientes para dar el salto definitivo y abandonar la calidez de su lecho.

Antes de eso, repasó su teléfono, envió ya algún mensaje –de esos que gusta enviar– y volvió a cerrar los ojos para aprovechar esos cinco minutos de duerme vela que saben a mucho.

Irremediablemente le llegó el momento de echar pie a tierra y dirigirse hacia la cocina en donde le esperaba ese momento iniciático del café matutino.

Al calor de aquella taza de café, había sustituido las melodías del despertar por las locuras que comenzaban a contarse ya en la radio.

Ya con los ojos abiertos consiguió atinar con la puerta del baño y bajo aquella cálida lluvia revivió definitivamente.

Ya en ese momento le ocurrió lo que a todos nosotros, que sin saber porqué se había hecho tarde.

El resto -hasta salir de casa– se hace en piloto automático.

Todos los días intentaba aparcar su coche relativamente lejos para darse un paseo por la orilla del mar hasta la puerta de su trabajo.

Ese era “su momento” todas las mañanas, disfrutando del sol que asoma, la brisa marina y la soledad de ese pequeño paseo.

Acompañado por la música se hilvanaban sus pensamientos, sus deseos y de repente, la puerta de la oficina,… la realidad.

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Javier Ledo Javier Ledo

Cuando niños

Al abrirse la puerta del coche salíamos en tromba dispuestos a conquistar nuestro pequeño territorio en aquella playa.

Una playa de fina arena dorada testigo de mil batallas, mil historias de otras almas que –mucho antes de nuestra existencia– ya habían transitado aquellas orillas.

Una vez asentados en el lugar previamente elegido por nuestras madres, –el mejor rincón de la playa aunque nadie supiese porqué- salíamos en estampida hacia,… las rocas.

Las rocas –de cualquier playa– era ese lugar prohibido que nos atraía como un imán.

Ese lugar lleno de charquitos –a su vez– repletos de pequeños peces se convertía en una aventura efímera, que había que vivir deprisa antes de la llegada de la próxima marea llena.

Bueno, no siempre era la marea la que ponía fin a aquellas expediciones rocosas pues –muchas veces– aparecían nuestros padres para empujarnos hacia la arena que –según ellos– era mucho más segura, y mas aburrida también.

Expulsados de nuestro primer territorio pasábamos a la segunda fase del día.

Aquí podíamos escoger entre palas o pelota.

Marcábamos nuestro campo y nos disponíamos a emular a Nadal o Federer hasta que nos cansábamos de correr detrás de la bola sin conseguir un solo peloteo decente.

Después de un baño rápido y un par de revolcones con las olas –de aquel mar más bravo de lo habitual– corríamos como posesos a por la pelota para convertirnos –por un instante– en los futuros cracks del futbol con los que soñaban nuestros padres.

El entusiasmo parecía multiplicar nuestras energías y correteábamos detrás de aquella pelota como si de un campeonato mundial se tratase.

Y de pronto retumbaba aquel grito poderoso, que empequeñecía al mismísimo rugido de las olas,…

A comer!

Dejábamos todo y salíamos disparados hacía aquellas sombrillas –rojas, verdes y amarillas– que componían el epicentro de nuestro mundo.

Nos instalábamos como mejor podíamos y una vez repartidos los bocadillos de tortilla, las ensaladas y los refrescos nos aprestábamos a devorar aquello que –con el hambre que teníamos– se convertían en deliciosos manjares, muchas veces –sobre todo cuando hacía viento– regados con una fina pátina de aquella arena que nos rodeaba por todas partes.

Comíamos a toda prisa, había que volver a disfrutar de la aventura, esta vez la idea era llegar hasta los confines de aquella playa eterna de la que nunca pareciéramos ver su final.

Una hora de caminata –con nuestros padres vigilantes a una prudente distancia– y llegamos a una muralla de rocas infranqueable, habíamos dado con el final de nuestra aventura.

Solamente quedaba ya el desmantelamiento de aquel entramado de toallas, sombrillas, neveras y sillas de plástico que se había constituido –por unas horas– en nuestra casa bajo el cielo.

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Javier Ledo Javier Ledo

Un paraíso en tu jardín

Vivir en una isla a menudo se asimila con una vida solitaria, una vida apartada y lejana.

Pero esto no es así, vivir en una isla es una experiencia única donde se combinan belleza natural y exclusividad.

Rodeados por el océano, estamos constantemente en contacto con la naturaleza.

Nuestras playas de dorada arena, aguas cristalinas y espectaculares atardeceres conforman un paisaje idílico a la par que cotidiano.

Es por eso que nuestro estilo de vida es más pausado y relajado, donde la conexión con el entorno es fundamental.

Nuestro pueblos son pequeñas comunidades con un intrincado entramado de relaciones.

Las tradiciones evocan una vida ligada a ese océano que nos rodea y que nos provee de alimento.

Todas las islas emanan un halo mágico, una sensación de que en ellas se libran batallas épicas de energías desconocidas para nosotros, que solamente podemos intuir.

En nuestro caso, cada una nos muestra una personalidad diferente, nos conmina a una forma distinta de vivir a la de nuestros hermanos de la isla vecina.

Cada rincón nos ofrece una experiencia única, y todas en su conjunto podrían componer una moderna Arcadia feliz.

Da igual los problemas que podamos sufrir, nuestra vida en estos parajes es un regalo para los sentidos y un regalo para el alma.

Caminar nuestras islas, –conocer cada recodo– es la mejor manera de comprender y disfrutar de la belleza de este entorno, y compartir esta experiencia con esa persona especial –que todos tenemos– convierte nuestra vida en un regalo único, exclusivo.

Es por eso que el deseo de muchos de los que nos visitan es –en algún momento de sus vidas– establecerse en estas tierras.

Somos afortunados, y deberíamos ser agradecidos con nuestras islas por todo lo que nos ofrecen y por la forma en que nos colman de serenidad.

Vivir en una isla es –sin dudarlo– vivir en un eterno paraíso.

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Desirée Glez Desirée Glez

Islas de luz

Islas de luz, tan pequeñas y grandes a la vez…. Para los que vienen de fuera son fiesta, son diversión y sinónimo de vacaciones, tiempo libre y ocio….y eso es fantástico, ser imagen y estar en el pensamiento de tantas personas como lugar de ensueño y sueños, como no va a ser agradable.

Somos ocho Islas, cada una con sus peculiaridades, tan iguales y tan distintas… unas verdes y frondosas otras áridas y yermas… con realidades distintas.

No todos ven sus entresijos, no todos admiran esa luz que las hace peculiares, no todos pasan por sus pueblos llenos de adoquines, de ventanas bajas con asientos donde se ve pasar la vida, se ve crecer a los niños que se convierten en los cuidadores de esos olores, olor a puchero, a truchas, olor a hogar…

Esos vecinos que se cuentan las romerías, las verbenas, las bajas y subidas de las patronas, los turrones que compraron en los puestos de las turroneras, las almendras garrapiñadas o nubes de colores, esas pellas de gofio que da igual de que Isla sean, o si unas llevan almendras o galletas, lo que nos conquista es su esencia.

El gofio, sinónimo de crecimiento, de niñez, de biberones, de escaldón o de zurrón.

Todas estas palabras nos resuenan a casa, a raíz, añoranza de tiempos pasados, un tesoro que quisieres custodiar para que hereden las generaciones venideras.

Somos todo eso y más… somos sal y sol, pero sobre todo una cultura acostumbrada a lidiar con más culturas, con un talante de conciliación y de cohesión como pocas en el mundo.

Ese carácter afable que engendramos y llevamos por bandera, porque sí, allí donde vamos al decir soy Canario/a nos regalan una sonrisa, como queriendo decir “que alegría… “ y nos abren sus puertas con confianza.

Para muchos otros somos lejanía, somos demasiada agua, poca cultura a la que recurrir, como puede ser ver un espectáculo, una obra de teatro, una exposición artística y es que si, seamos sinceros, nos privamos de muchas cosas para tener todo lo que tenemos, para otros inasumible, para nosotros no es esfuerzo, valoramos el hecho de salir fuera ver mundo, y volver a casa, volver al Paraíso, al aislamiento necesario y elegido.

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